Crónicas levantiscas

Juan Manuel Marqués Perales

Sentimentales

EN los años 80 y 90 cundió el desánimo: lo del País Vasco no tenía solución, estábamos convencidos de ello, España olía a Goma 2, sonaban las parabellums, saltaban los coches, morían concejales y Arzalluz sermoneaba todos los domingos. El último Euskobarómetro indica que el independentismo sólo es apoyado por el 24% de los vascos; éstos han descubierto, por fin, su verdadero país y han comprobado que, lejos del etnicidio que encendía a ETA, viven en una suerte de Dinamarca cántabra donde se toma buen vino y se come mejor. ¿A santo de qué tantos muertos? Esto no significa que los vascos se hayan hecho socios del Real Madrid, siguen siendo muy vascos, autonomistas y buena parte de ellos son soberanistas en menor o mayor medida. España es así, un tira y afloja entre territorios. Vale este ejemplo, paradigmático, para certificar que las emociones, lejos de ser sagradas, ni son inmutables ni son ciertas por el hecho de serlas. La democracia europea se está contaminando de emotividad, de populismo, de racismo, de nihilismo. Cataluña no ha cruzado ningún Rubicón, por más que su Parlamento insista en trazar un destino que desea ser épico. Hace falta parar y templar, echar hielo, hablar mucho, pero nunca ceder. Hace sólo cuatro meses parecía que Cataluña se nos iba, y hoy sólo busca oxígeno para pagar las nóminas.

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