la ciudad y los días

Carlos Colón

'Sevilla en clausura'

SUELO de barro, contraventanas de antiguas maderas buenas, poyetes encalados, ventana con los cristales divididos por parteluces de madera abierta a un soleado paisaje de patio con naranjos. Una monja, sentada, mira a través de ella. El juego de luces y sombras realza los pliegues zurbaranescos de su hábito. Estamos en Santa María de Jesús.

La luz reverbera en dos largas y blanquísimas cortinas que caen con los pliegues perfectos de la capa de una túnica macarena. Se van ensombreciendo conforme se alejan de la ventana abierta a una calle que apenas se adivina a través de la separación que mantiene abierta -con el mismo gesto con el que los nazarenos se recogen la capa- una monja de inmaculado hábito blanco y toca negra. Sinfonía de blancos en Madre de Dios.

Galería del claustro en una tarde de verano. Entre los vanos de los arcos están echadas las velas, tiñendo de una dulce luz color calabaza -luz de confitura- la larga galería de brillantes suelos. El aire cálido y pesado abomba las velas sólo lo suficiente para que oculten los capiteles convertidos en móviles sombras insinuantes. Al fondo la cruz cruda, no velada, de un patio indefenso. Tarde de verano en Santa Paula.

La esencial y recia pobreza de los suelos de barro y los muros encalados de los conventos. La severa elegancia, no buscada, de los hábitos. Los jardines cerrados de los claustros, los patios y los jardincillos en los que se alzan naranjos y limoneros de troncos retorcidos y hojas verde oscuro que han crecido desmesuradamente en una tierra sin tiempo. Espadañas asediadas por vencejos. Monjas leyendo Biblias antes leídas por muchos otros ojos y misales de pastas negras y hojas de canto rojo antes sostenidos por muchas otras manos, rezando, acariciando un perrillo murillesco, jardineras o cocineras con las mangas arremangadas y largos delantales grises.

Toda Roma cabe en la recia base de una recta columna de San Clemente. Todo el orden renacentista cabe en los perfectos claustros. Todo el barroco cabe en los cuerpos extendidos y cubiertos de pétalos de flores durante la profesión de fe solemne. Toda la Andalucía de los pueblos blancos cabe en los corredores, patinillos, escaleras con hileras de macetas, compases y patios revestidos por capas de cal maravillosamente irregulares. Toda la Sevilla del XVIII y el XIX -la de las haciendas y las casas palacio- cabe en estos conjuntos de columnas de mármol, escalones de barro y madera, barandillas de hierro forjado y suelos ajedrezados.

Es Sevilla en clausura, el hermoso libro de Ismael Yebra y Antonio del Junco editado por la Fundación Cajasol y producido por Páginas del Sur. Regálenlo. Regálenselo. Encierra siglos de belleza.

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