EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Sexadores de pollos

Aninguna de las mujeres trabajadoras que conozco les preocupa en absoluto que el diccionario admita la distinción entre miembros y miembras. Es cierto que no conozco a ninguna de esas feministas fanáticas que sueñan con castrar a todos los machos, eliminar todas las palabras de género masculino de todos los idiomas del mundo y fundar después una colonia naturista en una isla sólo poblada por mujeres (Groenlandia, tal vez, o la Antártida). Las mujeres que conozco son de otra clase. Y ni siquiera las que tienen más motivos de queja contra los privilegios de los varones -y son muchas- confunde el diccionario con la vida de cada día, así que ninguna cree que las palabras deban ser sometidas al escrutinio de un sexador, como se hace con los pollos en las granjas avícolas.

Las cosas que de verdad preocupan a estas mujeres son otras. Una de las más corrientes es cómo cuidar a un familiar con alzheimer o paralizado por cualquier otra dolencia, porque La ley de Igualdad es excelente -y en eso están de acuerdo todas las mujeres que conozco-, pero su aplicación burocrática no es fácil, sino más bien todo lo contrario. Y luego hay que encontrar a alguien que se ocupe de las personas dependientes, y esa persona casi siempre es inmigrante y casi siempre es una mujer que también tiene hijos en algún sitio (hijos a los que no puede cuidar si quiere hacer su trabajo), de modo que la cadena de mujeres que hacen posible el cuidado de los personas que ya no pueden valerse por sí mismas es una cadena infinita y frágil que se puede romper en cualquier momento. Y todo se complica aún más cuando empiezan las vacaciones escolares y no hay apenas centros gratuitos que se hagan cargo de los niños.

Y hay muchos más problemas que preocupan a estas mujeres trabajadoras. Que se cumplan de verdad las sentencias de alejamiento o las que garantizan el pago de las pensiones de manutención. Y que no tengan que caminar con el corazón encogido cuando van de noche por una calle desierta, no vaya a ser que un tiparraco les dé un susto. Y que haya guarderías públicas y colegios con comedor durante los once meses del año en que ellas no tienen vacaciones. Y que la atención médica en las Urgencias sea rápida y eficaz. Y que el centro de enseñanza de sus hijos funcione bien. Y que haya parques y polideportivos cerca de sus casas, para ellas y para sus hijos.

Ésas son las cosas que preocupan a las mujeres que trabajan y que no han querido renunciar a sus hijos. Es posible que otras mujeres sufran graves trastornos psíquicos si ven en el bus un letrero sexista que las humille al "invisibilizarlas", como dicen ellas ("No distraigan al conductor", por ejemplo). Puede ser, no niego que no. Pero yo no las conozco. Raro que es uno.

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