Un sevillano en Texas

Eugenio Cazorla Bermúdez

Sexo y política en los Estados Unidos

ES incuestionable que en Sevilla hay más bares que iglesias. No pondría mis manos en el fuego pero en Dallas, Texas, donde vivo, ocurre lo contrario. La religión en este país es algo muy importante. No es que la masa del país sea particularmente devota. Lo que ocurre es que la religión forma parte, formalmente, de la armazón del gobierno de la nación, de los estados y de los municipios.

Ya el preámbulo a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, hace referencia a "our creator" o sea, a Dios, como fuente de los derechos inalienables del individuo. Después tenemos los billetes de banco, donde campea en todas las denominaciones, In God we Trust. Esto, en un país donde la misma constitución establece la separación entre Iglesia y Estado roza el escándalo.

Tanto el Senado como la Cámara de Representantes tienen su propio capellán, quien diariamente eleva una oración al Altísimo al comienzo de las sesiones legislativas. En Dallas, las sesiones semanales de su Ayuntamiento comienzan igualmente con una invocación y una plegaria a cargo de un clérigo invitado al acto.

Siendo esto así no es de extrañar que la religión forme parte de la vida oficial del país. Es importante que el ciudadano sea miembro de una iglesia, que acuda puntualmente a misa o a un servicio dominical. El hecho de que cambie de iglesia, e incluso de denominación (en la variedad protestante) no es relevante. Un sevillano se muda al bar de enfrente donde aliñan las aceitunas más a su gusto que en su bar de toda la vida. Un americano cambia de iglesia por cualquier motivo. Unas veces por problemas de conciencia. Otras forzado por su mujer, que no aguanta las miradas libidinosas de su marido hacia la inmensa pechuga de la joven esposa del recién llegado pastor.

Aunque no tan importante como en el pasado, importa a la ciudadanía la denominación religiosa a la que pertenece el aspirante a la Casa Blanca. En 1928, Al Smith, gobernador del Estado de Nueva York, presentó su candidatura a la Presidencia de los Estados Unidos. Fue el primer católico en la historia del país que se presentaba a dichas elecciones. No ganó. Le perdió su religión. Treinta dos años mas tarde, John F. Kennedy, otro católico, tuvo problemas durante su campaña presidencial. En nuestros días, Mitt Romney, otro aspirante a la Presidencia, preocupa a bastante gente por su condición de mormón.

Sentado pues que los Estados Unidos es un país donde la religión forma parte de la vida de la nación, las aventuras extramaritales son inaceptables en la vida de los políticos. Algunos dirán que no se trata de un ataque a la religión sino a la moral o a las llamadas "buenas costumbres". Pero la moral o las buenas costumbres se dan en países laicos, donde la religión no cuenta para nada o cuenta muy poco. Y los Estados Unidos no es un país laico

Durante mucho tiempo, la prensa norteamericana, tan dada a la investigación, se abstuvo de inmiscuirse en la vida privada de políticos y famosos.

Todo cambió a partir de los setenta u ochenta. Ahora, ocurre lo contrario. Pero si las aventuras extramaritales entre gente prominente pero ajenos a la política (estrellas de Hollywood, etcétera) no tienen más efecto en el público que un encogerse de hombros, cuando se trata de un político la cosa varía. El ejercicio de la política es un sacerdocio que debe mantenerse "puro", y por "puro" no me refiero, precisamente, a la corrupción, que por otra parte es denunciada y castigada. Como dije antes, el Estado es constitucionalmente aconfesional, pero de ninguna forma laico.

Debido a esto, numerosos políticos han quedado expuestos a la vergüenza pública y forzados a renunciar a sus aspiraciones. Éste es el caso, en nuestros días del negro aspirante a la Casa Blanca, Herman Stein, una especie de Rey de la Pizza, y hombre casado, quien se vio obligado a retirarse de la campaña presidencial cuando, no una, sino varias mujeres denunciaron su actividades donjuanescas.

Estas cosas pasan en Europa y no pasa nada. Media Francia, y le tout Paris sabía que François Mitterand (1916-1996), el presidente de la República, tenía una querida (perdón, compañera sentimental), de la que tuvo una hija. Desconsoladas, ambas asistieron al sepelio a la muerte del presidente y allí coincidieron con la no menos afligida madame Mitterand, quien, por supuesto, estaba al cabo de la calle. En realidad se dejaron fotografiar juntas. A nadie se le ocurrió denigrar la memoria del presidente. Era su vida privada.

Y no pasa nada, porque una cosa es el ejercicio público de la política y otra es la vida privada del político. Y esto es lo que el público norteamericano no admite. Aun a sabiendas de que al forzar al pecador a la renuncia pierde, a veces, los servicios de un político capaz y competente. Éste fue el caso del senador Gary Hart, otro aspirante a la Casa Blanca en 1988, hombre de gran talento político. Perdieron él y el pueblo norteamericano.

Así pues, el que quiera meterse en política en los Estados Unidos que se prepare a renunciar a su vida privada y a cerrarse bien la bragueta, que no podrá abrir sino para necesidades fisiológicas o, estrictamente, para usos domésticos.

Para resumir, en los Estados Unidos para meterse en política hay que ser un santo.

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