la ciudad y los días

Carlos Colón

Siempre Dickens

LEON Tolstoi lo incluyó entre los artistas cuya creatividad "fluye desde el amor de Dios". Para Jorge Luis Borges es "uno de los grandes bienhechores de la humanidad". El severo Wittgenstein regaló a uno de sus mejores amigos un volumen de Canción de Navidad especialmente encuadernado, envuelto en un papel lleno de pegatinas que deseaban "¡Feliz Navidad!". El estricto Harold Bloom afirma que, de no existir Shakespeare, él sería el príncipe de las letras inglesas.

Los historiadores lo consideran imprescindible para el estudio de la gestación de la modernidad. Baste como ejemplo la realista y profética descripción de la ciudad moderna en Tiempos difíciles (1854): "Tenía algunas calles grandes, todas semejantes unas a otras, y muchas calles pequeñas todavía más parecidas entre sí, habitadas por personas también iguales unas a otras, que entraban y salían todas a las mismas horas, produciendo el mismo ruido sobre las mismas aceras, para hacer el mismo trabajo, y para quienes todos los días eran iguales, sin diferencias entre el ayer y el mañana; y todos los años, la repetición de los anteriores y de los siguientes". Por eso sus novelas no han faltado ni un solo día de las estanterías de las librerías en 175 años, desde que en 1836 publicó la primera.

Es Dickens. El pasado viernes se inauguró la primera exposición -Dickens y Londres, abierta hasta junio- que, junto a conferencias, películas, programas televisivos, ediciones críticas, obras teatrales o monedas conmemorativas acuñadas por la Casa de la Moneda Británica celebrarán a lo largo del próximo año el bicentenario de su nacimiento en 1812.

En nuestro país empiezan a distribuirse las ediciones especiales del bicentenario. De entre ellas permítanme recomendarles la de los Cuentos de Navidad de Espasa Clásicos, porque incluye dos relatos poco conocidos: Un árbol de Navidad y El significado de la Navidad cuando envejecemos. La primera es el testimonio de la aparición de este adorno, llevado por el príncipe Alberto desde Alemania a la corte británica y desde allí irradiado primero a la sociedad londinense y después a todo el mundo. El segundo es una reflexión sobre el peso de los recuerdos que tantas veces van entristeciendo la Navidad conforme pasan los años. Dickens pide que no se cierren las puertas a los muertos que en la Nochebuena llaman tiernamente a ellas, pidiendo que se les haga sitio en la mesa, entre los vivos, para ser recordados con esas lágrimas buenas que son la forma de decirles que siguen viviendo y siendo queridos; y con ese íntimo consuelo que da saber que viven junto a Aquel cuyo nacimiento se celebra esa noche.

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