El poliedro

Siempre nos quedarála maquinita

Preparémonos para introducir en el debate anticrisis el desusado recurso de crear dinero con la máquina

LA resurrección de Keynes ha supuesto a su vez el desenterramiento de la Política Económica, y permítanme las mayúsculas, porque sin duda el concepto merece las iniciales altas como disciplina diferenciada que es dentro de la Economía, pero también por la necesidad y la urgencia de volver a practicarla ante la tormenta perfecta que nos azota. Hacer política económica es una atribución de los gobiernos que estaba en desuso cuando la producción, el consumo, la inversión y el dinamismo financiero navegaban con el viento en popa; o sea, la intervención fiscal (es decir, la política económica que utiliza el gasto público y los impuestos para estabilizar o estimular la economía) ha estado cogiendo polvo en el desván alrededor de tres lustros. Las velas infladas en oreja de burro del crecimiento sostenido -el aparente milagro que, en el caso español, parecía poder durar ad aeternum- dieron paso, a pesar de los tapabocas y negativas de unos gobernantes sumamente atribulados, a la desaceleración, el estancamiento, la recesión y, según todos los augurios, dará finalmente paso a la depresión económica, que viene para quedarse. Y todo ellos, en menos de un año. El pretendido soft landing (aterrizaje suave) ha sido realmente muy poco soft: un aterrizaje de los de carné de identidad en la boca.

Recuerdo al profesor Vallés explicarnos en clase, con cachaza y marcado acento catalán, que la política económica requería "combinaciones deliberadas de política fiscal y política monetaria". Correría el año 1983, y entonces España podía practicar la política monetaria (aquélla que utiliza el tipo de interés y la participación estatal en el mercado de dinero, y disculpen el didactismo). Hoy, este recurso reside en Fráncfort, sede del Banco Central Europeo. O sea, que Solbes -y en nuestro caso regional, Griñán- puede acometer una política fiscal expansiva, así como construir obra pública, rebajar impuestos, ayudar a sectores concretos -¡cuidado con crear precedentes!-, regular más o menos los mercados... y poco más. Sin embargo, el banco central -sea la Fed USA, sea el BCE que dirige Trichet- sí puede hacer política monetaria. Precisamente sobre esta prerrogativa, el consejero Griñán lanzó un verdadero scoop, que quizá haya pasado demasiado desapercibido, el pasado martes en el Foro Joly, un referente de primer orden en el debate y la reflexión social, económica política andaluza y española. Según Griñán, por este camino acabaremos dándole a la maquinita. Me explicaré.

"Darle a la maquinita" -según dijo Griñán, el término recientemente acuñado para este recurso es nada menos que flexibilización cuantitativa- es crear dinero. Las rebajas del tipo de interés para estimular el préstamo y el consumo tienen un límite: el cero. Dinero gratis; hay que devolverlo, pero no tiene precio. En Estados Unidos están ya cerca del límite de agotamiento de este recurso. Lo siguiente, a la desesperada, es meter dinero artificialmente, sin apenas valor, en el sistema; es decir, sin respaldo en el PIB del territorio en cuestión. Esto genera mayor disponilbilidad de dinero, pero detrae el valor de cada billete: una versión de la inflación. A pesar de los riesgos de darle a la maquinita, más temible es la deflación; es decir, el descenso generalizado de los precios por falta de demanda, un auténtico monstruo corrosivo para las empresas y sus negocios. Para todos, al cabo. Hasta este mismo año, en Japón llevaban casi diez sin poderse zafar de su correoso marcaje, periodo en el que su fabulosa industria se ha erosionado de forma importante. Sin duda, hay faena de política económica.

De noche, entre la niebla realzada por las luces de la pista de despegue y el ruido del bimotor listo para partir, podemos imaginar a Rick Trichet con el cuello alzado de su gabardina, mirando intensamente a los ojos a Ilsa Solbes, diciéndole con melancólica solemnidad: "Siempre nos quedará la maquinita".

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