la ciudad y los días

Carlos Colón

Silencio profanado

UNA de las más destacadas contribuciones sevillanas y andaluzas a la iconografía cristiana y al arte universal es la representación de la Inmaculada tal y como la definió Pacheco y la pintaron o esculpieron Zurbarán, Velázquez, Valdés Leal, Murillo, Montañés, Alonso Cano o Duque Cornejo. Al tratarse de la visualización de un concepto teológico siglos después convertido en dogma se trata de la representación más abstracta de todo el arte cristiano. Una mujer flota en el instante eternidad que precedió a la creación y en el que seguirá al aniquilamiento de lo existente. Del Cantar de los Cantares y del Apocalipsis están tomados la mayor parte de los símbolos que la rodean. Un viento misterioso, tal vez el divino hálito de vida que creó al ser humano, mueve su vestidura. Una enigmática sonrisa alegra su expresión ensimismada. Sus manos se unen en una oración cósmica. El silencio de los espacios infinitos que aterraba a Pascal la nimba como una ráfaga de sobrehumana gloria.

La Inmaculada velazqueña de la National Gallery, la del Prado de Zurbarán, la de Alonso Cano de San Julián, la de Duque Cornejo de la Magdalena y sobre todo la Cieguecita montañesina de la Catedral son algunas de las que más me dan que sentir y que pensar. Ellas hacen cierta la afirmación de Thomas Merton: "si vas hacia la soledad con el corazón silencioso, el silencio de la Creación te hablará más alto que las lenguas de los hombres y de los ángeles". Hasta donde la limitación humana pueda representarla, en estos cuadros y estas esculturas se oye ese elocuente silencio de la Creación y se percibe esa soledad habitada. Contemplación en silencio exigen estas imágenes que nos contemplan desde su silencio ensimismado.

Justo lo contrario de lo que en Sevilla se monta en la víspera de la Inmaculada. No se puede celebrar el exquisito, introvertido y silencioso misterio de la Inmaculada con esta grosera y ruidosa bacanal que va a peor de año en año, creciendo en afluencia, vulgaridad y ruido en la misma proporción en que mengua la creencia y se degrada la devoción popular.

"De la vida intelectual no nos queda ya más que lo que les resta, ya al final, a las religiones viejas: la liturgia", escribió Manuel Chaves Nogales de la Sevilla de los años 30. Del culto público a la Inmaculada, como de otras importantes tradiciones religiosas sevillanas, incluida una parte considerable de la Semana Santa, no queda ni esa liturgia hueca que suele sobrevivir al declive de las viejas religiones, como sucedió con los cultos imperiales romanos.

Sólo queda la fiesta, degradada al perder su sentido y su fundamento religioso.

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