En tránsito

eduardo / jordá

Sindicatos

TRAS los últimos descubrimientos sobre los fraudes sindicales en los cursos de formación, han empezado a oírse voces que acusan a los sindicatos mayoritarios -UGT y CCOO- de ser poco menos que unas mafias dedicadas al saqueo indiscriminado de fondos públicos. Y aunque es verdad que la conducta de esas organizaciones ha dejado mucho que desear, sobre todo en Andalucía -hasta el punto de que se han ganado el derecho a formar parte, y con todos los honores, de esas "élites extractivas" de políticos y financieros que viven muy bien a costa de los impuestos de los demás-, habría que recapacitar un poco antes de exigir su desmantelamiento.

Y eso que todos sabemos que son organizaciones burocratizadas que casi sólo defienden a los empleados públicos y que viven en un cómodo letargo muy bien subvencionado por los presupuestos generales del Estado. En muchos casos se merecen el calificativo de "organizaciones peronistas", que viene a ser algo así como llamar "Maradona" a un jugador de fútbol, pero no por su estilo de juego, sino por su despreocupada forma de vida fuera del campo. Todo eso es cierto. Pero me pregunto si sería mejor un mundo sin sindicatos, en el que los poderosos pudieran hacer lo que les diera la gana y en el que no hubiera ni una sola traba a las exigencias insaciables de los banqueros y los empresarios. Ese mundo se parecería mucho a la China actual (y a otros muchos países de Oriente), donde se explota a los empleados hasta extremos inconcebibles porque las condiciones laborales no son muy distintas de las que imperaban en el siglo XIX, cuando los niños tiraban de las vagonetas de carbón en los túneles de las bocaminas.

Si hay un momento histórico en Europa del que todos podamos sentirnos orgullosos, ese momento es el breve periodo que siguió a la devastación de la Segunda Guerra Mundial en el que lo mejor de la derecha se alió con lo mejor de la izquierda -con los sindicatos a la cabeza- para crear los fundamentos del Estado de bienestar. Pues bien, ése es el modelo que deberíamos seguir ahora. Y tampoco deberíamos olvidar que dos de las figuras políticas más ejemplares de nuestro país en estos últimos años han sido sindicalistas: Marcelino Camacho y Nicolás Redondo. Y si sus herederos actuales se comportaran con una décima parte de la decencia que tuvieron ellos dos, tendríamos motivos suficientes para dar gracias por vivir en un país donde todavía existen los sindicatos, esas antiguallas que no sirven para nada, según creen algunos.

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