la tribuna

Ángel Rodríguez

Soberanistas

HACE unos quinientos años empezó a construirse en Europa el Estado moderno, y pronto los reyes, que iban a erigirse en protagonistas del proceso, tuvieron que buscarse nuevos fundamentos para el poder sin límites que pretendían ejercer. En el plano material, encontraron en la banca el dinero que necesitaban para tener un ejército propio. En el plano ideológico, mantuvieron como hasta entonces el siempre socorrido fundamento divino de la autoridad, pero se apoyaron en un nuevo concepto que les permitió ejercerla de manera ilimitada, no ya en todo el orbe cristiano (como los antiguos emperadores), pero sí en el territorio de su reino. Así nació la idea de soberanía, y gracias a ella, el primer soberanista de la historia, que la personificaba en carne propia: el monarca absoluto.

Hoy, tras cinco siglos de desgaste, ser soberano ya no es lo que era, y poco queda del sentido fuerte del término con el que inicialmente se ideó. Para empezar, el mismo invento que encumbró a los reyes resultó a la larga igualmente útil para destronarlos, y durante algún tiempo la soberanía cambió de dueño aunque sin cambiar de contenido, pues alguien, ya no el rey, seguía siendo "el soberano": primero lo fue la Nación (cuya voluntad sólo podían expresar los pocos afortunados que tenían derecho de sufragio) y después directamente el Pueblo (cuando ese mismo derecho se hizo universal). Algún tiempo después, ya en la segunda mitad del siglo pasado, se generalizó su uso, ahora como derecho de autodeterminación, para legitimar la formación de nuevos estados donde hasta ese momento sólo habían proliferado colonias.

Pero, simultáneamente, la aparición de las grandes organizaciones internacionales y supranacionales comenzó inevitablemente a minar sus fundamentos. A partir de entonces, la soberanía se ha puesto a la defensiva, y ya sólo sale a relucir cuando algún Estado intenta escapar al control de la comunidad internacional en las más variadas materias, desde el respeto de los derechos humanos al enriquecimiento del plutonio, o cuando algún territorio que se encuentra incómodo dentro de su Estado pretende independizarse de éste. Hoy, la globalización económica le ha terminado de dar la puntilla, y aunque la historia nos ha enseñado que nunca se puede decir que de ese agua no volveremos a beber, lo más probable es que la idea de soberanía tenga en el futuro la misma utilidad para resolver los complejos problemas políticos de nuestra era que la teoría tomista de las dos espadas que rigió antes que ella.

Sin embargo, las elecciones del domingo pasado, y muy probablemente las que tendrán lugar dentro de unas semanas, han puesto de relieve que aún quedan en nuestro país un buen número de soberanistas, tanto los que creen que recuperar por fin la soberanía arrebatada será lo que solucionará de una vez por todas los problemas de algunas comunidades autónomas españolas, como los que apelan a la de España para liberarnos de la tiranía de los odiosos mercados o de la (hasta hace poco anhelada) Unión Europea.

A mi juicio, las muy variadas razones que explican esta proliferación de soberanistas tienen todas que ver, en mayor o menor intensidad, con la actual crisis económica. No es que crea que el índice de soberanismo necesariamente se incrementa mientras más difícil es llegar a fin de mes, pero sí lo hace el rechazo sin matices a todo lo que nos rodea: cuando es el exceso de nacionalismo el que asfixia a los de abajo, arrecian las posturas internacionalistas (para Carlos Marx el proletariado no tenía patria), y cuando, como ahora, la crisis la produce la desregulación de los mercados internacionales, la receta localista gana un buen número de adeptos entre los descontentos.

El soberanismo tiene, además, el atractivo de todas las doctrinas que ofrecen como solución a los problemas del presente mirar hacia el pasado, donde sitúan un idílico paraíso cuyo carácter mítico ahorra tener que explicar cómo se desplegarán todas sus supuestas virtudes, lo cual es tremendamente gratificante para todo el que cree que mientras más vueltas se le da a un problema más alejada está la solución. En fin, los soberanistas siguen pensando que hay alguien (por ejemplo, Cataluña, o el pueblo rodeando el Congreso) que es titular de un "poder supremo, no sometido a leyes" (así definió la soberanía su más popular teórico, Jean Bodin) y que por lo tanto no tiene por qué respetar la ley para hacer lo que le parezca (desde convocar un referéndum a cambiar la Constitución).

Si es de los que creen que sólo la solución que usted propone y ninguna otra nos podrá sacar de esta crisis, que en toda negociación no hay sino una componenda y que el precio del consenso es siempre demasiado alto, de los que sólo se sienten a gusto con soluciones contundentes y sin medias tintas, sin importarle lo más mínimo que sean completamente inaplicables, entonces está usted de enhorabuena: ya no tiene que debatirse sólo entre el nacionalismo y las diversas opciones populistas que comienzan poco a poco a abrirse paso. Ahora también puede ser soberanista.

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