Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Sofocos

EL espectador que sigue El internado acaba cada episodio con la cara tiznada del humo de las antorchas y con un tufo de fosa séptica en la ropa. Es tan deletreada la evolución del relato que se arrastra viscoso, dejando un rastro sofocante para el espectador convencido. Quien se engancha a los secretos y mentiras verdaderas que urden este tapiz tan engorroso pasea hipnotizado, con placer, por los laberintos oscuros que guardan calaveras y actitudes sospechosas. Los guionistas hacen con los seguidores lo que quieren. Ya se veía desde la primera temporada que con tantas rendijas, trampillas y miradas de reojo el misterio se podía expandir y complicar hasta el infinito. En esta tercera etapa, tras una puesta al día a base de impactos, la historia se retoma desde el antro de la organización que investiga, no sabemos con qué fines exactos, el antiguo orfanato, mientras después de las vacaciones navideñas todo vuelve a su lodazal curso. Por eso, a quien le rechina esta serie, no puede soportar tal maraña de naipes enseñados por la punta. Algo parecido le pasa a los seguidores y detractores de Perdidos, salvando las distancias. O engancha, o repele. El riesgo es mantener una angustia que puede acabar rutinaria, a fuerza de repetir pasillos y situaciones.

El internado sigue creciendo y creyéndoselo. Globomedia está entregada a esta estrella de Antena 3, cuidando toda la apariencia de la producción, con un elenco, desde la veterana Baró a las dos pequeñas actrices, que reúne un trabajo más que notable. La conseguida atmósfera y los medios vienen a engrandecer una ficción que tiene cuerda para rato, salvo que ese interés por tensar tanto la cuerda la rompa o la deje lacia, inservible. Ahí estarán los golpes de efecto que dicte el productor ejecutivo. La trama a medio contar deja muchas posibilidades, pero deja en el aire un olor a chamusquina tramposa.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios