La tribuna

joaquín Rábago

Solidaridad europea

TIENE algún sentido una Unión Europea que no esté basada en la solidaridad entre sus ciudadanos y sus pueblos? Es la pregunta que nos hacemos muchos en vista de la inflexibilidad y la desconfianza alemanas hacia los países del sur, a los que a veces Berlín parece querer tratar como a niños malcriados.

Hay mucha soberbia en esa actitud, soberbia alentada de modo totalmente irresponsable por la prensa más sensacionalista de aquel país, como cuando el diario Bild, varias veces millonario en lectores, sugirió a los griegos que vendiesen sus islas para evitar la bancarrota nacional.

Ante una boutade tan insolente como esa, ¿puede extrañar que los griegos, un pueblo orgulloso, invadido en su día por el Ejército nazi, pintasen a la canciller alemana con un bigote hitleriano o adornasen su rostro con una cruz gamada, por injustificada e impresentable que nos parezca esta reacción?

¿O que otros, como el filósofo italiano Giorgio Agamben, hablasen de la conveniencia de crear un " imperio latino" como contrapeso a Alemania, recogiendo una idea que lanzó poco después de la II Guerra Mundial el clarividente filósofo francés Alexander Kojève?

Kojève, conocido sobre todo por su lectura de Hegel, previó en 1946 que Alemania se convertiría rápidamente en la mayor potencia europea, con lo que Francia quedaría relegada a un segundo plano, y propuso crear un "imperio latino", que incluiría también a España e Italia y, liderado naturalmente por París, podría abrirse a otros países ribereños del Mediterráneo.

No es eso, no es eso. Pero tampoco puede darnos satisfacción ni tranquilidad la Europa que tenemos ante nuestros ojos y que tan alejada parece de la que concibieron Jean Monnet, Altiero Spinelli, Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi y otros para acabar de modo definitivo con una historia de guerras y conflictos de todo tipo.

Hay algún historiador que habla de "bonapartismo" para referirse a la toma de decisiones tanto en el Consejo Europeo - la reunión de todos los jefes de Estado o de Gobierno- como en la Comisión, y señala que una política de hechos consumados, de decisiones que se adoptan a puerta cerrada y muchas veces sin previo debate sólo pueden generar desconfianza entre los ciudadanos.

Es por ejemplo lo que está sucediendo con el tratado transatlántico de comercio e inversiones, un acuerdo que puede tener tan profundo impacto en todos los sectores -desde el laboral hasta los estándares alimentarios o el consumo- que debería estarse discutiendo abiertamente también en los parlamentos nacionales

Cuando los parlamentos nacionales pierden influencia en el proceso de integración europea sin que esa influencia pase a la Cámara de Estrasburgo, señala el historiador Heinrich August Winkler, parecemos encaminados a una situación en la que las instituciones democráticas son "pura fachada".

Y así nos encontramos con una Europa en la que cualquier desviación del pensamiento económico ortodoxo imperante es considerada inmediatamente como populismo o una herejía que hay que atajar para evitar el efecto contagio.

Una Europa que castiga a un país porque de repente ha elegido a un Gobierno que reclama más tiempo y flexibilidad para resolver el problema de endeudamiento que le dejaron sus predecesores y que se rebela justamente contra unas políticas que, como reconocen todos, sólo han causado dolor y miseria.

"Cinco años de medidas inhumanas han terminado extenuando a los griegos y han destruido a toda su clase media, que se ha rebelado contra (el anterior primer ministro) Samaras, incapaz de mejorar su condición", explica, por ejemplo, el novelista griego Petros Markaris, que no se atreve, sin embargo, a pronosticar cómo terminará todo.

Un conocido sociólogo alemán de izquierdas, Wolfgang Streeck, considera que tras lo ocurrido en Grecia, lo mismo en ese país que en Italia puede considerarse terminada para siempre "la era de la docilidad europea".

"Las instituciones nacionales democráticas, con independencia de lo que haya en ella de criticable, han rechazado los implantes de Bruselas", escribe Streeck en un artículo que publica el semanario Die Zeit.

Streeck cree que con la formación del nuevo griego de Syriza "le ha llegado la hora de la verdad a una política europea de integración impulsada por el capital financiero, extralimitada en lo económico, lo político y lo territorial y totalmente a deriva".

Para Streeck, si se quiere la "idea europea", la diversidad del continente y sus valores, habrá que sacrificar ese "monstruo" llamado "unión monetaria".

Aunque no compartamos el pesimismo de ese sociólogo, sí convendría tener en cuenta sus advertencias. No podemos seguir como hasta ahora, pues a todos los que amamos a Europa nos va mucho en ello.

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