La ciudad y los días

Carlos Colón

Sólo dolor

AyER: día de angustiosas incertidumbres, cuerpos cortados, horribles presentimientos, terribles confirmaciones. Las noticias, poco a poco, parecían dar la razón a las más atroces sospechas. Sobre todo la de que lo más temido había pasado ya y las investigaciones no iban en paralelo a los hechos, pudiendo evitar lo peor, sino por detrás de ellos, como si en algún lugar hubiera un continente de dolor esperando ser descubierto. Nada hay más terrible que ese lapso de tiempo que transcurre entre la tragedia consumada y su descubrimiento o su anuncio. Siempre me ha angustiado pensar en ese lapso de tiempo en el que se ignora que la felicidad se ha perdido para siempre; en el que aún se desconoce hasta que punto es frágil esa reconfortante regularidad de lo cotidiano que nos protege del horror y que, aunque aún lo ignoremos, ya se ha roto; en el que se vive desconociendo algo que ya ha sucedido y nos busca para aniquilarnos. El tiempo que transcurre, por ejemplo, entre el accidente y la llamada telefónica que lo anuncia.

En el caso de los padres de Marta se trata de algo aún más terrible: la agónica espera en la que el transcurso del tiempo va desmaterializando la esperanza y materializando lo temido. Nadie puede hacerse una idea de lo que puedan sentir quienes viven esta situación. Todo lo que la compasión imagine para ponernos en su lugar es inútil.

Hacia el mediodía pesaba sobre la ciudad la sensación de que todo se había consumado y sólo faltaba descubrirlo. Las detenciones presagiaban lo peor. "La Policía está rastreando el curso del río entre Sevilla y Camas", decía nuestro periódico. Al mediodía la radio no hablaba ya de la búsqueda de Marta, sino de la de su cuerpo. Si conforme íbamos sabiendo sentíamos crecer el frío interior, la pesadumbre y el desaliento, nos preguntábamos qué estarían sintiendo, en esos mismos momentos, sus padres; y no podíamos imaginarlo.

Hacia el mediodía se extinguía la esperanza. Avanzó la tarde. Supimos de la confesión, del asesinato, del canalla y su cómplice tirando el cadáver al río. Fin. Mientras anochecía sobre las fotografías de Marta aún pegadas en las marquesinas y los escaparates, se seguía buscando el cuerpo que hace 17 años sus padres abrazaron por primera vez. Una lectora comentaba en nuestra edición digital: "No hay nada mas tranquilizador que saber que nuestros hijos se encuentran bien; si no están a tu lado sólo con llamarlos, oír su voz…te quedas tranquila. Ir a su habitación, mirarles cómo duermen. Ser madre es sentir el dolor de otra madre; no existen palabras de ánimos, sólo dolor". No hay más que decir.

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