La esquina

José Aguilar / Jaguilar@grupojoly.com

Solución: el conejo

TODO pasa y todo queda... menos los precios, que siempre suben. Han subido el pan, la leche, los huevos, las conservas y el arroz. Y el petróleo -base de otras muchas subidas-, no digamos. Llegamos a fin de año con un aumento del coste de la vida exagerado, un punto por encima de la media de la zona euro, lo que disminuye nuestra competitividad.

Cuando las cosas de la economía van bien, los gobernantes se apresuran a sacar pecho y apuntarse el tanto, como si el funcionamiento del mercado dependiera enteramente de su acción. Cuando se tuercen, la autoridad se hace la distraída y entonces el mercado se convierte en un factótum intocable sobre el que no se puede intervenir. Y además suelen decirse tonterías.

El Ministerio de Agricultura, por ejemplo, ha encontrado la piedra filosofal para los consumidores consumidos por la inflación: el conejo. El secretario general del ramo dice que si todos queremos cenar pularda, el precio de la pularda se pone por las nubes. Nos quejamos de vicio. ¡A quién se le ocurre querer comer en Navidad marisco, angulas, pularda, cordero o cochinillo! Sobre todo estando ahí a mano la carne de conejo, "sana, ligera, muy apetecible y barata". Seguro que el secretario general de Agricultura ya ha hecho provisión de conejo para las fiestas, y por eso nos la recomienda vivamente a todos. Esta Nochebuena no se concibe ya sin conejo.

Antes de pasar por la guillotina, la reina María Antonieta, que era una cabecita loca, preguntaba, atónita, por los gritos de los desheredados franceses que se sublevaban contra la monarquía. "¿De qué se quejan?". "Majestad, es que no tienen pan para comer". "Pues si no tienen pan, que coman brioches (bollos)". No me extraña que le cortaran la cabeza. Su insensibilidad no es, desde luego, la de nuestros gobernantes, pero tampoco andan muy acertados éstos al ofrecer "soluciones" a la carestía de la vida que ellos no necesitan aplicarse a sí mismos y que suponen alterar hábitos muy arraigados. El consejero de Economía de la Junta, José Antonio Griñán, también dijo días atrás algo impropio de una persona de su sensibilidad: los precios suben porque son muy bajos. Bueno, eso depende del poder adquisitivo y de las necesidades de cada uno. Y dejémoslo ahí.

El Gobierno de la nación ha consultado a sus expertos y le han vaticinado: este repunte inflacionista se acabará. ¿Cuándo? Casualmente, en el segundo semestre del año que viene. O sea, cuando ya hayan pasado las elecciones. No vaya a ser que, llegado el 9 de marzo, a la gente le dé por pensar que la economía ha dejado de estar boyante y que, si eso era lo que iba bien con Zapatero, no quedan razones ya para votarle. Y mientras, a comer conejo.

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