Hablemos de educación

Javier Ros Pardo / Javierrospardo@hotmail.com

Sucedió en Fuentes de Andalucía

Cuando ves que unas cuantas personas se ponen a trabajar en serio para transformar la realidad social, por mala que ésta sea, hay motivos para la esperanza", decía el cura Diamantino.

Fue allá por los 70. Unos cuantos maestros y maestras recién llegados al Colegio Público Santa Teresa de Fuentes de Andalucía se dijeron: "Hay que cambiar la sociedad. Hay que cambiar la escuela"... y pusieron manos a la obra. No esperaron que el milagro fuese obra de otros y decidieron ser ellos mismos los rebeldes que harían la revolución en aquel palmo cuadrado que les tocaba, es decir, un pequeño colegio de un pueblecito perdido entre las provincias de Sevilla y Córdoba, con una población mayoritariamente analfabeta y postrada. Lo suyo fue un compromiso libremente contraído con la causa de la Educación, es decir, una promesa de amor sin reservas al género humano; una querencia firme que no flaqueó pese a la burocracia y las leyes devastadoras; una voluntad que sigue fiel por su camino 30 años después, a pesar de que los vientos de la historia soplan poco favorables.

En base a los méritos acumulados, el colegio mereció el Primer Premio Isabel Álvarez al Compromiso con la Educación concedido por la Asociación REDES (www.redeseducación.net). Es un reconocimiento otorgado por los compañeros de la profesión, movidos por el deseo de crear estímulos y referencias positivas, que ahora, en medio del desconcierto general, son más necesarias que nunca. Carece de dotación económica. Su "estatuilla" es una esfera armillar, símbolo del Humanismo Universal que inspira el trabajo del maestro de cualquier lugar del mundo y según la revista Cuadernos de Pedagogía -la más acreditada publicación educativa española, que divulgará el caso a nivel nacional- "nace aspirando a convertirse en el Goya de los premios de la Educación en todos sus niveles".

La singularidad del caso de este colegio radica en que no puede decirse que su éxito haya sido obra de uno o dos iluminados, sino de un número incontable de locos, de ésos que, por desgracia, van apareciendo cada vez menos. En un principio fueron unos cuantos los que mostraron el camino a seguir; luego, los que fueron llegando a lo largo de tres décadas lo asumieron implicándose en él apasionadamente. Vieron que para manejarse hacía falta un "manual de estilo" útil para todos -desde los más antiguos hasta los recién llegados- e hicieron un código ético y un conjunto de derechos y deberes básicos de alumnos, familias y profesorado. Su ideario impregnó las actividades, la organización y el funcionamiento cooperativo del centro; ello fue la llave maestra para lograr que la solidaridad, la tolerancia y el respeto mutuo fuesen en él unos conceptos vivenciados y plenos de sentido. Crearon multitud de proyectos sociales, culturales y participativos que implicaron a los niños, a sus familias y a las fuerzas vivas de la localidad, convirtiendo al colegio en una eficaz herramienta de integración de los más desfavorecidos, produciéndose unos cambios muy evidentes en él y su entorno. Supieron conectar las aulas con la vida que hay fuera de ellas, yendo desde lo local hasta lo universal. Esto se materializó de forma práctica gracias al hermanamiento del centro con otro de Nicaragua, al que envía de forma organizada su ayuda solidaria sin ningún intermediario.

Su testimonio demuestra que la educación así concebida se convierte en un espacio plural de encuentro e integración de los valores que nos son comunes a todos, sin distinción de nacionalidad, razas o credos religiosos.

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