palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Suicidios ejemplares

PARECE que los socialistas andaluces de mayores (es decir, dentro de un año) quieren ser oposición o, peor, aspiran a obtener el grado del aniquilamiento absoluto, que es el escalafón previo al fracaso y aun a la humillación. Hay vocaciones tempranas y hay vocaciones tardías. La vocación suicida del PSOE andaluz pertenece a la segunda clase, si bien es cierto que en el pasado han aparecido indicios sueltos de esa tendencia irrefrenable a la inmolación. Produce admiración comprobar con qué ahínco algunos socialistas han cavado la fosa de los ERE para que el cuerpo del occiso caiga a plomo en el momento preciso y con qué exactitud cronológica han hecho estallar la bomba que Pizarro llevaba pegada en el abdomen desde que se incorporara al Gobierno Griñán. El resultado es un cuadro de devastación casi perfecto: mientras los cuerpos de los intrusos y de los que ayudaron a los intrusos se van acercando a la sepultura ayudados por el vendaval de la juez Alaya, Pizarro salta por los aires, destroza las paredes y conmueve los cimientos del partido. ¡Qué habilidad la de Griñán para destituir en el momento preciso al delegado de Pizarro en la Delegación de la Consejería de Gobernación en Cádiz! ¡Y con qué puntualidad Pizarro giró la espoleta y desató la estampida en la Consejería!

Hay quien piensa que la juez Mercedes Alaya, con su impetuosidad, le está bailando el agua al PP. ¡Mentira! ¡Si baila para alguien es para los suicidas del PSOE, para los intrusos y para los barreneros que porfían en la desintegración del socialismo andaluz! Es verdaderamente difícil dar con una mujer del carácter y la desconfianza de la magistrada Alaya. Es infrecuente que una juez parta de unos presupuestos tan férreos al abordar una investigación. Uno, que los gobiernos andaluces están implicados en la trama corrupta de los ERE; dos, que las actas de los consejos tienen diálogos cinematográficos propios de El Padrino, y tres, que alguien quiere manipular los documentos. Alaya es de esos jueces que hacen felices a los caracteres autodestructivos.

Basta echar un vistazo a los juzgados valencianos, por ejemplo, para comprobar con qué primor tratan allí a los presidentes de las instituciones, con qué exquisita probidad los citan y los despachan. ¡Con cuánta reverencia! Allí no hay alayas porque no ha arraigado la vocación autodestructiva. Basta comparar la fina línea de la sonrisa de Camps con el garabato de Griñán; el estilo pensaroso y agrio de Pizarro con el optimismo vital de Carlos Fabra.

No hay color. No hay alayas. Casi no hay esperanza.

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