Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Supervivencia

LA crisis del PSOE de Madrid -cómo se ha planteado, cómo se ha gestionado y cómo no se ha resuelto- ha vuelto a demostrar que el principal partido de la izquierda española tiene un grave problema y por consiguiente, que diría Felipe González, España también lo tiene. Es un problema de liderazgo, pero también de modelo y del mensaje que se quiere trasladar a la ciudadanía. El marasmo en el que se halla inmerso el PSOE desde el final de la aciaga, no sólo para ellos, etapa de Zapatero ha reducido a escombros una de las patas sobre las que se ha asentado durante más de treinta años el sistema político español. El golpe de mano que ha intentado dar Pedro Sánchez en Madrid y que ha revelado su debilidad es, por ahora, el último episodio de una larga serie de errores y de decisiones mal tomadas: el hecho de que no haya obtenido respaldo de los barones regionales habla por sí solo. Pero es especialmente grave porque se adopta en un momento en el que el PSOE se juega su ser o no ser. La inminencia de las elecciones andaluzas, su importancia para el futuro de España y del propio PSOE, era un factor más que suficiente para que las cosas se hubieran planteado de otro modo. Si Sánchez quería dar en la organización de Madrid un golpe de fuerza para demostrarle a Susana Díaz quién manda no podía haber escogido peor momento ni peores circunstancias. La imagen de guerra interna al que menos conviene en estos momentos es al propio Pedro Sánchez, porque él es el eslabón más débil de la cadena. Si el PSOE sigue contando en la política nacional es porque en Andalucía tiene liderazgo, organización y proyecto, a pesar de todos los pesares, cosas que en el resto del país no aparecen ni por asomo.

¿Cómo se puede resolver este puzle endiablado en el que se ha convertido el PSOE? Sólo hay dos caminos: colocando al frente de la organización un liderazgo fuerte e incuestionable y presentando un proyecto nacional que sea capaz de enganchar con los cientos de miles de ciudadanos de izquierda moderada que un día confiaron en el modelo socialista y que se han ido quedando por el camino. Los hechos demuestran que la actual dirección nacional no tiene liderazgo ni proyecto y que ambos, por ahora, sólo se encuentran en Andalucía.

Aunque diversos datos de la situación pudieran indicar otra cosa, no hay por qué dudar de la sinceridad de Susana Díaz cuándo dice que concurre a las elecciones del 22 de marzo para quedarse los próximos cuatro años en Andalucía. Si dijera otra cosa no sería la política que ha demostrado ser y estaría tirando piedras contra su propio tejado. Pero muy posiblemente, sobre todo si los resultados que adelantan todas las encuestas se confirman, la única solución que el PSOE va a tener encima de la mesa para no acabar triturado se va a llamar Susana Díaz. La presidenta de la Junta es vista como la solución no sólo por sectores amplios de su partido, sino por el mundo institucional, financiero o empresarial. Si el PSOE se debilita tanto que se hace irrelevante su espacio va a ser ocupado por el populismo inconsistente de Podemos o similares. Un lujo que España no puede permitirse. El país ha entrado ya en la senda de la recuperación económica y ponerla en cuestión por la inestabilidad política es un riesgo demasiado grave. El PSOE forma parte del sistema y, por ahora, no hay alternativa. Susana Díaz va a tener que encargarse de la reconstrucción de su partido. Cómo y desde dónde son cosas que se verán en los próximos meses. Pero lo que sí está ya claro es que le va a tocar hacerse con las riendas del PSOE. Cuestión de supervivencia.

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