Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Suplente de mesa

HACE algunos años, un conocido se topó en una mesa electoral con la mujer que sería el amor de su vida (bueno, lo sería sólo hasta unos años antes del divorcio). Igual que me sucede a mí hoy, él había sido designado segundo suplente de vocal tercero de una mesa de su colegio electoral, lo que, junto a una fugaz capitanía del equipo de fútbol de su clase en el cole y unos años de presidente de su comunidad de vecinos, constituían todo el bagaje jerárquico de su vida, ¿mediocridad o vida tranquila? Ella venía del mundo exterior, o sea, no vivía en aquel barrio periférico, sino que fue allí como delegada de su partido, en el que tampoco, a sus treintaitantos, había trepado mucho que digamos por la procelosa cucaña militante: sólo abnegado servicio y expectativas de escaño que se fueron marchitando, ¿mediocridad o vida tranquila (y sin miedo a la Justicia)?

Como sucede con los mozos que iban a las ferias de otros pueblos, movidos por el secreto designio instintivo de no mezclarse mucho en la aldea propia y renovar la sangre de la tribu con féminas de extramuros, aquella mujer fue savia nueva en un vecindario algo decadente y endogámico. No sólo por los genes que tanto determinan, con lo pequeños que son, sino porque ella pertenecía al Partido Comunista, que así se lo llamaba con orgullo entonces. Lo cual no es en sí malo ni bueno, pero sucedía que el barrio de mi allegado, siendo periférico, era señorial, y ella protestaba por las procesiones de la hermandad y sus cohetes y se vestía y (des)peinaba con códigos allí impropios. Y, allí, arrasaba Alianza Popular, el otro extremo de un arco que mutaba de rojo a azul. Lo cual también implica renovación de un entorno polarizado y compacto.

Fue bonito mientras duró, ya digo, pero la experiencia de aquella pareja ratifica una certeza propia que quizá sólo provenga de las fechas de mi carné de identidad: casarse con gente de tierras lejanas, y si además son de ideologías esencialmente lejanas, es un riesgo (¿ven aquí metáfora?). Una de esas cosas que, más allá de la juventud, en la que son hasta necesarias, no es raro que envejezcan mal. Como decía mi madre, "una como tú, hijo, una como tú", alargando, aleccionadora, la u. Hoy votaremos a los que consideramos como nosotros. Espero librarme y no ganarme por fuerza los 63 eurazos de vocal de mesa por mor de dos certificados falsos. Y espero, sobre todo, no toparme con nadie. Que sin llegar a ser la fiesta de la democracia -qué pomposa expresión-, todo vaya bien.

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