La tribuna

ÓSCAR EIMIL

Susana y el sufrimiento

SI algo deberíamos haber aprendido los españoles durante estos años de crisis es que nada hay más terco que la realidad. No importa cuáles sean nuestros deseos y nuestras intenciones, aquella se acaba imponiendo siempre a nuestras ensoñaciones. Pensar en términos de deseos más que en términos de realidades, algo por lo demás muy propio de ese aire adolescente que domina desde hace poco la política nacional, no conduce más que a la frustración y con ella a la infelicidad.

Por eso es obligación de todos, y muy especialmente de los que por razón de nuestro oficio tenemos que contemplar cada día a dónde conducen esas dinámicas de conducta, advertir contra los cantos de sirena de la barra libre y del gratis total. O lo que es lo mismo, del incremento ilimitado del gasto pensando que siempre habrá alguien que, al final, pague nuestra factura.

La realidad de estos años, tanto en el ámbito familiar como en el político, demuestra que las cosas no funcionan así. Por eso, tantas familias que no controlaron adecuadamente sus decisiones de gasto en el pasado se han visto en una de las tesituras más complicadas en las que uno se puede encontrar. Por eso, muchos países que no controlaron adecuadamente su nivel de endeudamiento ven ahora que no son capaces de pagar a sus ciudadanos las prestaciones sociales que necesitan en temas tan sensibles para su desarrollo social como la sanidad o las pensiones.

De todo ello se deriva que, a nivel de cuentas, como en tantas otras facetas de la vida, bromas, las justas. Estoy por ello convencido de que, después de todo lo que hemos vivido, los padres y madres de familia se cuidarán ahora mucho más de tomar decisiones crediticias que puedan comprometer en el futuro su estabilidad familiar. También parecería sensato pensar que nuestros dirigentes políticos deberían ser en el futuro mucho más prudentes que en el pasado con la política de gasto, para evitar las indeseables consecuencias que, por sus irresponsabilidades pasadas, nos han traído a la muy peligrosa situación económica, política y social que vivimos hoy.

Sin embargo, lejos de ello, los políticos se resisten a tomar medidas de control de gasto porque son impopulares. Y lo son porque casi nadie le dice a la gente la verdad de las cosas: que no es posible gastar más de lo que se ingresa. Porque si una familia lo hace, una vez consumidos sus ahorros, detrás va la casa y hasta la propia vida. Y porque si es el Estado el que lo hace, detrás van las prestaciones sociales, que son el pegamento de la cohesión social, esa que nos permite vivir en comunidad, en paz y con una cierta armonía y tranquilidad.

Decía el otro día Manfred Weber, portavoz del Grupo Popular en el Parlamento Europeo, a propósito de la situación que estamos viviendo en España y de las ilusorias promesas de gasto con las que nos abruman en los últimos tiempos desde las filas del centro, de la izquierda y del populismo que "Como se demostró en Grecia, es imposible volver a la práctica de gastar más de lo que se ingresa". A lo que debemos puntualizar que imposible, imposible, no es. Es, por el contrario, muy posible, pero fuera del euro donde hace un frío que pela. Tanto como para que las imágenes de los jubilados griegos, a la cola de los cajeros y con lágrimas en los ojos, que permanecen grabadas en nuestras retinas, nos parezcan un juego de niños.

Por eso, causan enorme decepción, por su demagogia y frivolidad, las declaraciones de Susana Díaz a propósito del dolor y el sufrimiento de los demás. Repite la Presidenta siempre que se le pone un micro a mano, que no se puede pactar con el Partido Popular por todo el daño que ha causado. Cuando la escucho hablar de sufrimiento, vienen a mi mente sin quererlo dos cifras: los 3.500.000 empleos que se perdieron en la segunda Legislatura de Rodríguez Zapatero y los 2.000.000 de esos empleos perdidos que, según apunta la institución de estudios económicos más prestigiosa de nuestro país, se habrían podido mantener si el Ejecutivo socialista hubiera puesto en marcha una reforma laboral como la que aprobó el Gobierno del PP en 2012; esa que ahora pretenden liquidar el centrismo, el socialismo y el populismo si los ciudadanos se lo permiten, algo que está por ver.

Si algo tenemos que pedir a los políticos, sobre todo a los que aspiran a desempeñar las más altas magistraturas del Estado, es realismo y seriedad, también con el sufrimiento de los demás. Como sucede en las familias, no podemos mantener indefinidamente un Estado que gasta más de lo que ingresa. La gente se merece un respeto. Y que le digan la verdad.

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