Un poco de todo

Enrique García-Máiquez

Temas

Las amigas de mi madre -tan amables- me felicitan a veces por mis artículos. Les impresiona lo que más que consiga encontrar un tema cada miércoles. A mí, en cambio, me asombra que eso les impresione precisamente a ellas, tan habladoras. A fin de cuentas, un artículo son sólo unas 450 palabras a la semana. (450 palabras las sueltan ellas en cinco minutos de charla.)

Siento quitarme el mérito que me ponen, pero no es mío. La realidad es inagotable y basta echarle un vistazo para encontrar temas a mansalva. Hay muchas cosas buenas que elogiar. Otras regulares, de las que reírse. Y las hay, ¡ay!, malas. Uno enciende la televisión o abre el periódico y se da de frente con cuestiones graves contra las que rebelarse, como ahora en Georgia, por irnos lejos.

En casos desesperados de bloqueo mental, los columnistas contamos con la inapreciable ayuda de los políticos, que, por muy laicos que sean, se empeñan en no dejar de mentirosa a la Biblia cuando reza: "Stultorum infinitus est numerus"; esto es, que el número de los tontos es infinito. Siempre hay un político de guardia diciendo su chorrada para que nosotros podamos comentarla. Véase a Suñé, por ejemplo.

Al final, lo difícil es elegir, entre tantos temas, sólo uno. Aunque tengo una biografía algo más compleja, para el lector atento, como es el único dato de que dispone, el tema escogido es todo lo que me preocupó durante esa semana. Y si insisto al artículo siguiente, corro el riesgo de parecer un obseso. Por eso procuro no hablar de política dos miércoles seguidos. Me niego a dar la impresión de tener una fijación que la política no se merece, a pesar de su trascendencia. También intento no encadenar dos artículos veraniegos: el lector podría deducir que me pasé la quincena echado en la hamaca.

Más aún que a la monotonía temática le temo a la sintáctica. O sea, a que la prosa no refleje la variadísima diversidad de la vida, y reincida en los tonos, los giros, los razonamientos o los adjetivos. Esa insalvable desproporción entre lo mucho que hay y cómo lo contamos me sirve para dar gracias a Dios, primero, y para darle al mazo de la exigencia literaria, después. Resulta imposible estar a la altura estilística de los regalos y de los retos de la realidad.

En resumen, temas sobran. Y el día en que me siente a escribir y no encuentre nada, ni bueno ni malo, será el momento de pedir hora al oculista. O al otorrino, porque los amigos (y las amigas de mi madre, esas mismas que se asombran de que encuentre un tema a la semana) no dejan de proponerme múltiples asuntos para el próximo artículo. Que ése sí que sería bueno, dicen.

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