PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Temerarios e ignorantes

SI todo adolescente sevillano dejara al descubierto sus intimidades, por voluntad propia, por delaciones del entorno o por la presión de un interrogatorio, no iban a ser los padres de Marta del Castillo los únicos que se llevarían las manos a la cabeza sobre lo que desconocen de sus propios hijos. El libro de los asombros sería un manifiesto multitudinario en Sevilla. Sobre todo en el coqueteo sin control con el sexo y las drogas.

De los 13 a los 17 años, el intento de construirse una personalidad, guareciendo la creciente privacidad respecto de la tutela familiar, es un momento crucial en la madurez o inmadurez de cada persona. Marca toda la vida esa transición de ir a todas partes de la mano de mamá, a moverse en solitario para tomar decisiones en la marejada de la inexperiencia. Cobijándose cuando hace falta en un entorno de amigos y compañeros que saber elegir. Porque te pueden sacar a flote o hundirte, según sea su escala de valores, cuando te relacionas con ellos o te escondes por complejos, celos o inseguridades.

Por desgracia, el sentido común no habita en relaciones y obsesiones juveniles como las de Miguel y Marta. Comprendo el odio de la familia Del Castillo-Casanueva, está sufriendo lo indecible. Celebro que en una democracia los ciudadanos marquen la agenda política y se debata someter o no a referéndum la instauración de la cadena perpetua. Pero, sin salirnos de los perfiles de este horrible suceso, ¿el Código Penal iba a frenar el instinto violento de un joven resentido contra una menor deseada a la que ya había dado señales de su villanía? ¿Qué adolescente iba a sentirse más segura en su descabellada búsqueda de quien ya le había amenazado de muerte? Tan temerarios como ignorantes e insensatos (ellos y sus amigos), de la cadena perpetua y sus efectos sólo se iba a enterar a toro pasado quien sobreviviera.

La educación es lo que salva más vidas, dota de claves para identificar el peligro y evitarlo. Es la mejor autoprotección.

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