Desde el fénix

José Ramón Del Río

Tener la culpa

LO que más nos cuesta a todos los seres humanos, sin distinción de credos, razas o sexos, es reconocernos culpables y llegar a decir: yo tengo la culpa. La verdad es que esta falta de asunción de las responsabilidades que nos corresponden tiene una larga tradición entre el género humano, porque comienza cuando Adán, recriminado por haber comido la fruta del árbol prohibido, le echa las culpas, al alimón, a Eva y a la serpiente. Ni siquiera reconoce su culpa por haberse dejado convencer. Con el cristianismo parece enmendarse la cosa, porque, de un lado, está el "Yo, pecador" y de otro, los confesionarios, pero la oración, aparte de no ser rezada universalmente, supone un reconocimiento de culpas plagada de intersecciones, y los sacerdotes que confiesan, si no tuvieren la obligación del secreto de lo oído, podrían ilustrarnos de los incontables detalles exculpatorios y atenuatorios, que se ven obligados a escuchar del penitente, nada más que confiesa su pecado.

No nos podemos, por tanto, extrañar de que los hombres públicos, los políticos, rechacen de plano cualquier atisbo de reconocimiento de culpas. Para ello cuentan con que, en democracia, funciona la presunción de inocencia y que, por tanto, el político, antes de reconocer su mala gestión de la cosa pública o la infracción administrativa o penal de que se le acusa, decida esperar hasta que, por resolución firme quede probada esa mala gestión o la infracción de que se trata.

De lo que vengo escribiendo hay multitud de ejemplos. Así, cuando se ha sabido que la autovía A-48, que sustituirá a la actual y peligrosa carretera N-340 desde el cruce de Tres Caminos hasta Algeciras, no estará terminada, como pronto, hasta el año 2017, no se encuentra culpable para un retraso de tantísimos años, sino que el PSOE y el PP, en lugar de reconocer sus culpas, se las echan al contrario. Claro es que el ejemplo más notorio es el del ex presidente de Andalucía, Chaves, por un lado y el senador Bárcenas, por otro, que no admiten ni reconocen tener culpa alguna en aquello de que se les acusa, hasta el punto de que sus actitudes nos traen a la memoria aquel viejo lema del tradicional matrimonio español, de antes del divorcio, y que consistía en negar hasta la evidencia. Culpable o inocente no es un dilema o un camino a elegir. Todos somos inocentes, mientras no se demuestre lo contrario. Y ese largo camino que va hasta que llega la demostración y, sobre todo, la dificultad de establecer cuándo está demostrado lo que se trata de demostrar (como se decía en matemáticas), nos permite seguir felices en nuestra provisoria inocencia. Entonces, ¿para qué, reconociéndonos culpables, vamos a adelantar acontecimientos?

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