La tribuna

josé María Agüera Lorente

Tener razón no basta

UNO de los más significativos componentes del humus cultural en el que hunde sus raíces la civilización occidental lo constituye el legado de la Ilustración. En el momento de su alumbramiento histórico el filósofo Inmanuel Kant escribió: "Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo… ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración". Esto supuso la Ilustración para una Europa que desde el siglo XVII empezaba a valorar la racionalidad y el conocimiento como fundamentos de la civilización y su progreso orientado al fin legítimo de la felicidad del ser humano.

Las palabras de Kant eran la expresión consecuente de la toma de conciencia del valor del entendimiento no sujeto a tutelas multiseculares, sobre todo de carácter religioso, que habían constreñido, si no censurado sistemáticamente, la libertad de pensamiento. Durante todo ese tiempo, que el llamado Siglo de las luces quiere dejar atrás, la idea de progreso en la historia del saber es tabú; sólo cabe la preservación de verdades que cristalizaron tiempo ha en dogmas, así como la prevención ante cualquier propósito de investigación que los ponga en entredicho. El ilustrado no encuentra excusas para justificar que el hombre, en posesión de tal conciencia, se pueda mantener en ese estado de minoría de edad a sabiendas de que eso implica el mantenimiento de tutelas ajenas a su propio entendimiento. Por eso esa exhortación del filósofo alemán es ciertamente el lema de la Ilustración.

De él se deriva necesariamente la laicidad del Estado. No podía ser de otro modo, pues en lo relativo a la religión era ineludible el conflicto desde el principio, dada su demostrada propensión desde tiempo inmemorial a la persecución del librepensamiento. Al mismo tiempo, la confusión entre poder político y eclesiástico había tenido efectos apocalípticos para la ciudadanía europea, con continuos episodios más o menos prolongados en los que se había llevado a buena parte de la comunidad europea a la exanguinación. Se trataba, en definitiva, de desactivar el asunto religioso como detonante de conflictos, salvaguardando la libertad de conciencia, y reservando el dominio político al debate racional de ideas, dotando así a las instituciones de las condiciones necesarias para el gobierno democrático. En la Europa heredera de la Ilustración la secularización, mal que bien, se ha acabado imponiendo. Porque era lo razonable.

Pero no basta con tener razón. Ésta carece del poder aglutinante que poseen todas las religiones. La razón conlleva el deber de la duda, y la duda es un potente agente dispersor de rebaños. Ahora bien, ante la presente realidad social insoslayable de la multiculturalidad a Europa no le queda más remedio que dar con el modo de ser sentida como lugar de pertenencia, como patria para todos aquellos derivados de otras comunidades de identidad diversa, que no deben sentirse extraños, sino plenamente ciudadanos europeos. Para lo que necesitamos fomentar un sentimiento de comunidad y forjar en los individuos un sentido identitario vinculado a la misma… Desde la razón, proyectándola más allá de la lógica abstracta a la concreción práctica.

Por eso, una vez extinto el incendio político y mediático causado por el último episodio terrorista en París, hemos de reflexionar con rigor y desde el entendimiento, que puso en valor como principal herramienta de emancipación la filosofía de la Ilustración. Porque queda latente el rescoldo, siempre acechan amenazantes las brasas de la barbarie, incluso en las entrañas de la civilización. Y no contribuyen a enfriarlas las declaraciones de guerra de nuestros líderes desde la cubierta de un portaviones (ridículo émulo Hollande del guerrero Bush) lanzando soflamas patrioteras y maniqueas que no hacen sino sumirnos en obnubilaciones; ni son efectivos esos pactos que rezuman represión indiscriminada enmascarada como lucha contra el terrorismo, hoy por hoy una muy lábil categoría para uso arbitrario del poder.

Reconozcámoslo, pues: a Europa no le basta con tener razón; cabe decir: no le basta con la filosofía y la ciencia, no le basta con su discurso ilustrado sobre ciudadanía y derechos humanos, ni con mantener en cintura a la religión, no le basta con su crítica desmitificadora. Siendo todo esto herencia preciosa que debemos preservar a toda costa, hay quien viviendo en su seno no la aprecia, nada le dice; si no, no mataría a quien se sirve de su propio entendimiento y se expresa libremente. Europa necesita demostrar a esos que se sienten extraños a nuestro lado que desde la razón cabe la compasión, ganándoselos para la civilización, impidiendo que sus almas se precipiten en el albañal sin fondo de la barbarie y el fanatismo.

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