León Lasa

Terror en el hipermercado...

CORRÍA el año 1980, quedaba poco para que Felipe González subiera al poder, no estábamos ni siquiera en la OTAN, y cuando traspasábamos los Pirineos decíamos que íbamos a Europa, como si esta tierra detenida fuera un reino de redonda entre los civilizados del Norte y África. Algunos -ahora da ya igual confesarlo- vestíamos pantalones de pitillo, zapatos de ante de color verde y teníamos al cantante de Radio Futura como icono de intelectual moderno y guapo. Qué tiempos. En ese año Alaska y los Pegamoides triunfaron con aquel himno pegadizo que hablaba de terror en el hipermercado y horror en el ultramarinos. No he podido evitar acordarme de la canción estas semanas en las que las noticias de atracos a supermercados y tiendas de alimentación no han dejado de aparecer en las páginas de los periódicos.

Leo y creo entender muchas de las tablas estadísticas que desde los más variados observatorios y think tanks se publican sobre lo que se ha dado en llamar -a mi modo de ver, de forma un tanto eufemística- la crisis económica. La mayor parte de ellas me parecen atinadas, y admiro a esa especie de alquimistas del siglo XXI que son los expertos en economía, que nos hablan y explican con palabros extraños qué es lo que en realidad pasa y qué soluciones se pueden arbitrar para evitar lo peor. Suele ocurrir, sin embargo, que en la mayoría de los casos no se ponen de acuerdo sobre los remedios y, lo que es peor, que también en ese gremio hay quienes no son capaces ni siquiera de enderezar su hacienda doméstica. Ello me hace mantener un cierto reparo. En este sentido siempre digo lo mismo: si los analistas de bolsa tuvieran un porcentaje de acierto superior al de un mono jugando a tirar los dardos, ¿qué diablos hacen trabajando para un periódico o un banco en lugar de estar disfrutando del sol en las Bahamas? Sigue siendo una incógnita.

Por eso -lo comentaba hace poco con un buen amigo y, no obstante, economista- no veo mejor barómetro de que la situación está muy complicada que el aumento de los robos en ese tipo de comercio de poco lustre. Por lo que parece, los cacos ahora no van a por las tiendas de lujo, a por esos establecimientos de vigilante en la puerta y dependientas pijas. Dejan de lado las firmas de Hermés, Bulgari o Cartier y, como prueba de supervivencia máxima, de que lo que se persigue es un puñado de euros y, si acaso, media docena de jamones o una cuantas paletillas, asaltan -lo digo con todo respeto: quién no ha entrado alguna vez en uno para comprar algo- los supermercados de "descuento". No hace falta dar nombres: sabemos que no nos referimos al súper de Hipercor. Yo, lo último que podía pensar dentro de uno de esos comercios de estética post-soviética, es que alguien podía tener la tentación de robar en ellos.

Por supuesto que ya no hay quien hable de mero "decrecimiento", "corrección estacional", "desaceleración" o expresiones por el estilo. Pero, como se ha apuntado más arriba, quizá deberíamos preguntarnos -ahora que todavía podemos- si para Europa, y más concretamente para España y Andalucía, ésta es otra crisis al uso, como fueron las del petróleo de finales de los setenta y principio de los ochenta o la de los años 92-93. Algunos, con argumentos ciertamente convincentes, defienden que es muy posible que nos encontremos ante una falla de mayor calado y profundidad que las que hemos visto hasta ahora, una tormenta perfecta y sistémica, pero sin George Clooney a los mandos de la nave. Dios quiera que no. En cualquier caso, el número de robos en los ultramarinos nos dará cuenta de la evolución de la realidad.

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