la tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Terrorismo y justicia

LA razón política suele imponerse a la justicia. La apoya cuando puede serle útil, pero la olvida o la soslaya en el momento que se transforma en obstáculo. Por eso mismo no suele funcionar entre los humanos como principio permanente al que atenerse siempre, con sus lógicas interpretaciones, sino como algo manipulable según las necesidades y los vientos que soplan. Por pura definición, dicha razón no entiende de personas únicas con nombres y apellidos, sino de mayorías, colectividades, masas y, en el mejor de los casos, de paz social.

Confieso que siento desde hace tiempo un sentimiento, mezcla de rabia e impotencia, ante la evolución experimentada por la actitud política ante el terrorismo en el País Vasco. Fui consciente de que las manifestaciones masivas de repulsa de la violencia, periódicamente convocadas en el pasado por asociaciones y partidos, sólo servían para arropar a los familiares de las víctimas en esos momentos de horror; pero también de su escaso valor político y reparador. En efecto, con el tiempo y el cambio de consigna todo se olvidaría, como así ha sido, salvo para quienes el dolor es ya parte integrante de sus vidas. Se movilizaba a la gente, y cuando al fin esta pareció reaccionar con vigor ante el hartazgo, se buscó amansarla antes que su fuerza terminase llevándose intereses compartidos con los terroristas. Y, entretanto, el daño venía siempre del mismo lado, mientras los agraviados aguantaban, se resignaban y, seguramente, esperaban que la Justicia reparara, al menos en parte, el dolor infligido.

En medio de la desgracia, concurrían quienes, afectados de una u otra forma por el terror, deploraban la barbarie de segar la vida de personas inocentes; pero también quienes se servían de la misma para fortalecer su influencia política y dar fuerza a sus pretensiones. O quienes, como ahora se ha visto, no dudarían en negociar en cuanto viesen el menor resquicio, con tal de obtener la paz a un precio dudosamente asumible, saltando por encima de las normas, del deber compensador de la justicia, y dejando con el "culo al aire" a los afectados por el terror.

La Historia está llena de villanos convertidos en héroes. Cuántos hay que lucharon en favor de la independencia de sus países utilizando el terror y, una vez conseguida esta o restablecida la paz, los usufructuarios de la misma les elevaron a la categoría de héroes nacionales, bautizando con sus nombres las calles o erigiendo estatuas o placas en su honor, y olvidándose en cambio de sus víctimas. En el País Vasco sucederá algo parecido. Si no, al tiempo. Y a quienes resistieron al chantaje del miedo y la presión, incluso al precio de sus vidas, sólo les quedará la satisfacción de haber hecho lo que en conciencia entendían que debían hacer entonces.

La justicia no brillará; antes bien, la razón política, confundida a veces con la del Estado, irá imponiéndose a ella, a costa de las víctimas. Se harán, eso sí, homenajes en su honor; se compondrán discursos de circunstancia; se les meterá en el mismo saco de sus verdugos; tal vez, incluso, se dé alguna pequeña "compensación" a sus familiares. Pero, ¿les hará justicia la Justicia? ¿Pagarán quienes les hicieron tanto daño la pena que les corresponde? Mucho me temo que, desgraciadamente, no sea así. No es tan sólo el hecho de que nadie pueda devolverles sus seres queridos ni consiga cerrar sus heridas, a veces también físicas. El coste de la paz se pagará con moneda de injusticia.

La estrategia de la negociación y del pacto, tal y como se entrevé actualmente, así lo exigirá. Y siempre hay personas, partidos e instituciones dispuestas a colaborar, de manera voluntaria o por orden superior, en todo cuanto sea necesario a este fin, incluso utilizando atajos, desvíos legales u ocultando la verdad. En otras palabras, la Justicia adopta un perfil bajo, se buscan reinterpretaciones de la ley o se modifica ésta a satisfacción; se camina hacia una amnistía dosificada para los asesinos, se les hacen señas de que se les tiene en cuenta, se ocultan las negociaciones con ellos o sus representantes, utilizándose en el empeño algunos resortes del Poder. Así de cruel...

Si existe algo que eleva la mirada y la confianza hacia la justicia divina no es otra cosa que la justicia que clama al cielo aquí en la tierra. Siempre hay oportunidad para la conversión, pero si esta no se produce sinceramente, no cabe imaginar un Paraíso donde se sienten a la misma mesa los asesinos y sus cómplices con sus víctimas. Donde se justifique una matanza por algún tipo de "construcción nacional". La confianza en que Dios arrojará la cizaña al fuego separándola del trigo, no debe conducirnos a la inhibición y a dejar el compromiso con la justicia, pero, al menos, cuando ésta ni está ni se la espera en el mundo, aviva la esperanza y permite vivir con cierta paz la dureza del lenocinio cometido.

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