Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Tesoros

CONTEMPLAR a Chicho Ibáñez Serrador en una silla de ruedas es como ver a un glorioso abuelo en la terraza de la senectud dispuesto a contar batallitas porque la vida lo ha retirado de la batalla. En fin, una lástima. Por eso es importante que la Academia de Televisión haya comenzado a recabar los testimonios de todos los que han hecho algo grande por la pantalla y el plasma, para que sus testimonios sirvan para investigaciones actuales y futuras. Para que este cacharro, tan maravilloso como destructor, adquiera el valor que se merece. Si hay que pronunciar un factor decisiva para la modernización de este país, ese es el televisor, es decir, TVE. Los años de su monopolio pudieron ser mejores y ha costado años y millones de deuda para que la cadena pública sea estimada como medio independiente y plural. Pero nadie a estas alturas puede cuestionar el papel de aquella Única como ventana al mundo y, por tanto, a la democracia, en los complicados años de la Transición.

Sólo por el artesanal trabajo en el panorama del entretenimiento de aquellos que forjaron los años gloriosos de Prado del Reír merece la pena este esfuerzo académico por dar voz, honores y futuro a estos "tesoros". Sólo por los recuerdos colectivos de Un, dos, tres o Historias para no dormir (disponibles para su rescate en rtve.es), Ibáñez Serrador ya está condecorado además del Premio Nacional. Pero además Chicho merece el reconocimiento de que se traten sus trabajos como motivo de estudio. Reconocimientos para Gustavo Pérez Puig o Fernando Navarrete. O para el bigote de José María Íñigo, el mejor de los supervivientes. Y para Maruja Callaved, una de esas pocas mujeres que trabajaban en TVE cuando apenas se había pensado en que las mujeres tenían derecho a un puesto de trabajo. Y sus programas "femeninos" abrieron brecha hacia una normalización impensable.

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