palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Tierra batida

NO habrá adelantado electoral. El PSOE está dispuesto a apretar las mandíbulas y aguantar los sucesivos tifones con la esperanza de que en algún momento, antes de marzo de 2012, escampe. Lo repitió ayer el secretario de Organización socialista, Marcelino Iglesias, a pesar de que en el partido menudean los que recomiendan poner fin por anticipado a la legislatura. A la velocidad que se está deteriorando el Partido Socialista (a la vista está lo acontecido no ya en las municipales sino después, en los días inmediatos: la profunda impericia para atar pactos en los ayuntamientos) adelantar cinco meses las generales equivale a ahorrar cinco meses de percances. Cuando un partido entra en fase de decadencia todo se vuelve adverso. El partido ya ha resuelto la charada de las primarias (otro ligero suicidio) y ha elegido al mejor candidato, al único político socialista que causa irritación entre los rivales y el único también capaz de hacer chistes compasivos en los mítines y de elevar sucintamente el ánimo de los militantes. Abordar las elecciones en el otoño habría ayudado a cierta renovación programática y de ideas.

Entre noviembre próximo y marzo de 2012 apenas hay diferencia. De un mes a otro no se pueden esperar grandes consecuciones y sí, en cambio, evitar notables patinazos. O incluso catástrofes naturales imprevisibles. Cuando el resbaladero está lo suficientemente engrasado es muy difícil mitigar la caída e imposible cambiar el sentido. Además, en estos momentos, no hay (reformas aparte) actuaciones decisivas de las que dependa la redención económica del país como sí las había hace un año, cuando Rajoy pidió por primera vez con ímpetu egoísta la disolución de las Cortes. Es previsible además de que los socialistas no reúnan apoyos para sacar adelante el nuevo presupuesto o que el coste de las alianzas fuera tan elevado que triturara aún más la imagen del Gobierno.

Y luego, en fin, está la salud mental del electorado, que tampoco es una cuestión baladí. A poco interés que prestemos a la política, los españoles tienen cada vez más la sensación de vivir en un angustioso centrifugado, en una tierra batida, primero, por la violencia verbal y la truculencia de un PP dispuesto a arrasar con tal de coger el poder, y segundo, por las dudas, la torpeza y la agonía socialista. Ya no es sólo el Gobierno el que se ha desgastado. El cansancio está minando también al propio electorado. Una parte porque desea fervientemente votar una opción política diferente y otra porque quiere terminar con una angustia que se dilata desde hace demasiado tiempo.

Y en Andalucía ocurre lo mismo. Son situaciones cortadas por el mismo patrón: debilidad o impaciencia frente a triunfalismo ciego. No hay nada que perder: lo sustantivo está perdido o ganado, según se mire.

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