La ciudad y los días

Carlos Colón

Tocando las palmas

ES un vicio hondamente arraigado en la mentalidad española -liberal o conservadora, de izquierdas o de derechas- el de identificar el partido con el Gobierno, el Gobierno con el Estado y el Estado con la Patria. De tal forma que la discrepancia legítima y necesaria con la política del partido que en cada momento se ocupe del gobierno de la nación es convertida automáticamente en desafección hacia el Estado y, por extensión, en antipatriotismo. Nos hemos pasado así dos siglos atizando con el curioso calificativo de antiespañoles y antipatriotas a quienes, simplemente, discrepaban de la política del partido gobernante y ejercían su legítimo derecho a criticarla y oponerse. Igualmente se calificaba de antipatriotas y antiespañoles a quienes, a través de los cauces democráticos establecidos, defendían formas alternativas de organización del Estado (léase monárquicos bajo la República o republicanos bajo la Monarquía).

Este vicio adquiría matices trágicos cuando la situación se degradaba en abierto enfrentamiento: ser monárquico o republicano en la España de los años 30 podía costar la vida según quienes decidieran que los unos o los otros eran la antipatriótica antiespaña. Y se imponía totalitariamente cuando uno de ellos ganaba: ser demócrata o liberal, no digamos ya republicano o de izquierdas, costaba la vida, la cárcel, el exilio o el ostracismo en la España de Franco.

El auténtico patriotismo y la lealtad al Estado poco o nada tienen que ver con esto. Los discursos de McCain y Obama en la noche de las elecciones, convocando ejemplarmente a la unión constructiva entre demócratas y republicanos y a la lealtad hacia el presidente electo de la nación, poco tienen que ver con estas abusivas identificaciones hispánicas. Al contrario: se entiende que la crítica, la oposición y la discrepancia son las marcas del buen funcionamiento de la democracia a la vez que se reclama, en nombre de los intereses comunes de la nación, la unión en las más importantes cuestiones de Estado.

Algo muy distinto del españolísimo pelotilleo de oficina siniestra que practica José Blanco (cada vez más parecido a un personaje de Ibáñez) al acusar a la oposición de antipatriota por no aplaudir que Zapatero haya logrado que Francia le preste su silla. "¡Vaya patriota!", dijo al comentar que Rajoy no ha felicitado al presidente por el préstamo; añadiendo: "Creo que es un patriota de pacotilla. Es intolerable ver a una dirigente del PP decir que estábamos mendigando un lugar en la G-20… Deberían estar orgullosos". Cuánto nos gustan las palmas y las adhesiones inquebrantables.

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