La ciudad y los días

carlos / colón

Toda decadencia tiene su Farinelli

TITULAR de la página oficial de TVE: "Europa apoya la diversidad con el triunfo de la mujer barbuda Conchita Wurst en Eurovisión". No es una broma. El señor director de la televisión pública austriaca: "esta noche Austria se ha vuelto más tolerante". No es una broma. La supuesta mujer barbuda ganadora: "Que yo gane este premio es una señal de lo que piensa Europa, todo el mundo se ha unido por la tolerancia… Mi premio está dedicado a todo el mundo que cree en el amor y la libertad, ¡nadie nos podrá parar!". Y tampoco es una broma.

Ni ellos, ni los votantes de toda Europa, ni los 170 millones de espectadores de la última edición de Eurovisión están de broma: una mujer barbuda que se hace llamar Conchita Salchicha (que es la traducción de Conchita Wurst), pero que en realidad es un transexual con barba experto en concursos televisivos frikis en sus modalidades de telerralidad y talent show, es el emblema europeo de la tolerancia y la libertad.

Pero ojo, no se le ocurra decir -y ni tan siquiera pensar- que resulta un poco esperpéntico que la señora ligera de ropa que guía al pueblo en el cuadro de Delacroix se haya convertido en un señor disfrazado de señora con barba que ha adoptado Conchita Salchicha como nombre artístico, porque entonces será tachado de intolerante y homófobo.

Cada vez que se nombraba a Rusia durante la gala el público pitaba y abucheaba. Uno, en su inocencia, creía que era por lo de Ucrania, que esa misma semana se cobraba 30 vidas mientras Putin resucitaba en la Plaza Roja los esplendores de las coreografías militares de la URSS. Pero resulta que los silbidos y abucheos iban dirigidos únicamente al Putin homófobo y no también al imperialista y belicista.

Lo del hombre que triunfa gracias a que se hace pasar por una mujer barbuda me recuerda a Víctor o Victoria. Y no la versión de Edwards, sino el original de Schünzel rodado en Alemania en 1933 poco antes de que Hitler subiera al poder, ambientada en el universo fascinante del cabaret berlinés de los años 20 y principios de los 30. También me recuerda por ello a Cabaret. Especialmente la escena de la cervecería. Eurovisión como escaparate de una cierta Europa huele a siglo XVIII con trinos de Farinelli en víspera de guillotina, a barbas de Rasputín en víspera de 1917, a parodia de cabaret berlinés (porque estamos a años luz del talento de Hollander, Weill o Kurt Gerron) en víspera de 1933.

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