PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Tomates y naranjas de origen

GARCÍA Márquez nos hizo oler, desde miles de kilómetros de distancia, la guayaba impregnada en el realismo mágico de sus páginas literarias. En las vegas sevillanas intentan vendernos, etiquetados con indicacion de origen geográfico, los aromas y sabores de las naranjas y de los tomates regados por los efluvios del Guadalquivir. Los Palacios se apresta a vivir hoy y mañana su XIV Feria Agroganadera, la de más importancia de la provincia, y quiere que el tomate palaciego reciba el marchamo de Indicación Geográfica Protegida. Lo mismo busca para sus naranjas la comarca de la Vega, al norte de la capital. Se nos hace la boca agua pensar que unos y otros van a esmerarse por restituir y perpetuar la calidad en un valle que durante siglos ha sido cantado como el edén, y que se ha dejado comer el terreno por otros andurriales con peores tierras y menos agua.

Quien más quien menos se ha criado en Sevilla con la dulzura de exquisitas y baratas naranjas, y con la gozosa y barata carnalidad de tomates barrigones. Rotunda presencia en los mercados de abasto rebosantes de olor a huerta, antes de que la homogeneización de la producción agrícola favoreciera métodos y variedades que aumentaron la oferta todo el año, pero que le secuestraron el perfume y le endosaron el sobreprecio a cosechas de mucho tonelaje y poco encanto. Echo en falta tomates con la etiqueta de Los Palacios y naranjas con la etiqueta de Guadalquivir, como sí hay kiwis y manzanas con sello de Italia, bananas de Costa Rica o mangos del Brasil. Que la palabra Sevilla les abra paso en su comercialización, así en Baracaldo como en Rotterdam.

Igual que el cacereño valle del Jerte vende en los telediarios su maravilloso espectáculo primaveral de los cerezos en flor, a orillas de nuestro río grande se le podría sacar tajada turística al cúmulo de azahar y a las matas ebrias de roja voluptuosidad. Y a la salida, no habría quien se resistiera a comprar un souvenir que es boccato di cardinale.

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