las dos orillas

José Joaquín León

La Torre Pelli sí o sí

GUSTE más, guste menos, o no guste nada, a la Torre Pelli se le deben reconocer sus propiedades maravillosas. Entre ellas está que ha cambiado todo sin que cambie nada. Para ningunear al arquitecto Pelli, o para dar moral a la caja presidida por Antonio Pulido, la llamaban Torre Cajasol. Pero ahora la nueva propietaria de aquello se llama Caixabank. Como suena más catalán, a nadie se le ocurre llamarla Torre Caixabank. Así que lo de Pelli se le va a quedar para siempre. Y la torre también se va a quedar para siempre, eso ya se ha visto clarísimo.

Según los cálculos que presentó Caixabank, la Torre Pelli alcanzará los 180 metros, que es su cota máxima, a final de año. Ya van por la planta 37 y les faltan dos plantas y la cubierta (que no es la de la Copa Davis). A final de junio dijeron que iban por la 31, así que se han zampado seis plantas en dos meses. La Torre Pelli es de las pocas obras de Sevilla donde parece que no hay crisis. En ésta que fue la ciudad de las grúas, ya apenas se distinguen en el horizonte. Pero en la Torre Pelli, a pesar de los problemas que han tenido con la fachada, se ven obreros de verdad, se ve actividad. Es como si aún siguiéramos en los tiempos de Zapatero, que eran los tiempos de no darse cuenta de nada. Van como locos, y como si nada.

Los detractores de la Torre Pelli sólo se han fijado en el skyline y se ponen mirando siempre para el lado de la Giralda. No han captado aún que esta torre es como si fuera de Londres, donde Cameron y los suyos han aprovechado los Juegos Olímpicos para hacer lo que les ha dado la gana con el skyline, con permiso de la Unesco, porque allí no hay Giralda, sino London Tower. Pues siendo esto verdad, también lo es que en la Torre Pelli se han dado prisas para llegar arriba. En los ocho años que lleva cerrada Santa Catalina, y mientras se habla tanto del dragado del río, fíjense lo ha avanzado la Torre Pelli.

Si derribar una biblioteca puede suponer el entierro de ocho millones de euros malgastados (cinco más de lo que costarían las obras para abrir Santa Catalina), imagínense el gasto en derribar una torre de 180 metros. Y cuento más alta, más cuesta, de ahí las prisas. Levantada una torre tal que los tomen por locos-locos, ahí quedó. Cuando quede ahí, llegarán los fotógrafos con sus trípodes para no perderse un detalle, centellearán en la noche miles de teléfonos móviles.

La novelería es así. Primero se despotrica y después se reserva una mesa en el restaurante de la planta 36, a ver qué se ve. Dicen que se verá hasta el mar. La táctica funciona y Caixabank está decidida a terminarla, no sea que le cambien otra vez el nombre, nunca se sabe. Aunque les guste más, les guste menos, o no les guste nada, la Torre Pelli ya es un sí o sí para la posteridad.

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