la ciudad y los días

Carlos Colón

Torre sobre ruinas

EN la Convención de la Unesco sobre la protección del patrimonio mundial celebrada en París en octubre y noviembre de 1972, constatando que "el patrimonio cultural está cada vez más amenazado de destrucción, no sólo por las causas tradicionales de deterioro sino también por la evolución de la vida social y económica que las agrava con fenómenos de alteración o de destrucción aún más temibles", y que "el deterioro o la desaparición de un bien del patrimonio cultural constituye un empobrecimiento nefasto del patrimonio de todos los pueblos del mundo", se consideró necesario declarar Patrimonio Cultural "los conjuntos, grupos de construcciones, aisladas o reunidas, cuya arquitectura, unidad e integración en el paisaje les dé un valor universal excepcional".

En 1972 hacia casi dos décadas que se estaba destruyendo Sevilla. Se demolían plazas (Encarnación, Magdalena, Duque, Nueva) y calles (Imagen, Avenida, Castelar, San Pablo, Rioja) enteras. De derribaban conventos (Santo Ángel, San Antonio), teatros (San Fernando, Coliseo), palacios (Cavalieri, Medina Sidonia, Levíes), mercados (Encarnación) y edificios modernistas (Café de París), historicistas (casa Benjumea Zayas) o del movimiento moderno (villa Abril, Banco Popular, Cervecería Tomás). Ya en 1957 clamaba Joaquín González Moreno en Abc contra el derribo del convento de San Antonio: "Su grandioso claustro central, probable obra de Andrés de Oviedo, y su monumental escalera, sin igual en la Sevilla barroca, están pidiendo un respeto y una protección ante el avance implacable de la piqueta demoledora". Ni respeto ni protección obtuvo. Y la Unesco, ¿dónde estaba?

Joaquín Romero Murube clamó durante décadas que Sevilla no era una ciudad reciamente monumental, sino una frágil suma de superposiciones en la que los monumentos se integraban en una delicada trama de cal, callejas, rejas, casas, comercios o patios en muchos casos sin gran valor como piezas singulares, pero valiosísimas como conjunto. Nadie le hizo caso. Se perdió la Sevilla íntima, hermosa, discreta, cotidiana del recogimiento de los patios y las sombras en los abultamientos de las fachadas encaladas. Se derribaron barrios, plazas, manzanas, calles, casas. Cayó la mayor parte de los edificios seleccionados por Gómez Estern y Collantes de Terán en Arquitectura civil sevillana, catálogo de lo que debía salvarse que acabó siéndolo de lo que se derribó. Después llegó la democracia y con ella las desfiguraciones o barbaridades perpetradas por el PA y el PSOE. La Unesco, callada durante medio siglo, habló tarde y mal cuando la Torre Pelli se alzó sobre una ciudad devastada.

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