Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Desde la Torre

HACE tres o cuatro días, invitado por un conocido programa de radio, estuve un buen rato en la última planta de la Torre Pelli. La primera sensación es que indudablemente es un mirador privilegiado sobre Sevilla y su entorno. La gran cualidad de las torres por otra parte, sobre todo de las más altas.

Ya sé que a algunos de ustedes les cae tan mal la mencionada torre que se han prometido no subir nunca. Están en su derecho, pero les diré que se van a privar de un buen espectáculo y de una revelación. En un día claro como los actuales la vista llega hasta la Sierra Norte de un lado, los Alcores y las líneas blancas apenas señaladas de Carmona y Mairena por el otro y en las tierras del sur, hasta cerca de Morón, con una campiña verde brillante primaveral. Por el poniente el Aljarafe se nos viene encima. Y el río que se acuna majestuoso, en una ballesta suave y acogedora, y contrata el nuevo cauce rectilíneo de la corta. Las fértiles tierras de cultivo de Camas hasta el río nos dan una idea del campo que alimentaba a la ciudad. La huerta de la Cartuja se nos muestra como un pequeño paraíso en la tierra, como son todos los huertos mediterráneos que se esconden detrás de una tapia, y que desde aquí arriba vemos sus bellas intimidades.

Ese es el espectáculo, junto con la visión de la ciudad, de la que hablaré más tarde. ¿Cuál es la revelación? Que Sevilla tiene límites. Que se ve dónde la ciudad se termina y empieza el territorio que la circunda. Y que al tener delante de los ojos la forma de la ciudad se perciben con claridad sus límites y se intuyen sus limitaciones. Una ciudad conformada durante el siglo XX pero que está estancada en su crecimiento. Nada que ver con las sensaciones, por ejemplo, desde los rascacielos de México DF, en los que se extiende a nuestros pies y en todas direcciones una urbanización sin confines, sin final, hasta donde alcanza la vista, una sociedad que crece y se proyecta hacia el futuro. Eso no se percibe en las vistas de Sevilla desde la torre.

Lo que vemos es una ciudad de dimensiones discretas, en la que la ciudad anterior al siglo XIX se nos muestra cómo una elipse craquelada en mil y un blanco de textura menuda, rodeada por los crecimientos más amarronados de las barriadas construidas a lo largo del siglo pasado. Sensación que se repite con Triana y su desarrollo. No vemos la ciudad del siglo XXI, quizás porque no está aquí, sino en las urbanizaciones del Aljarafe y en las barriadas dormitorio de Dos Hermanas y otros municipios cercanos. Y ese tamaño discreto, ni muy grande ni pequeño, sugiere, al menos desde este mirador, que Sevilla debería ser una ciudad fácil de administrar, de mantener en funcionamiento y mejorar. Todo eso y mucho más sugiere el panorama que se contempla. Claro que cada uno tendrá su propia visión. Pero ya conversaremos relajadamente sobre todo esto, si les parece, desde aquí arriba con una copa y disfrutando de la amistad.

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