Juan P. Simó

Trago amargo en la campiña

La caída del vino y la construcción ha dejado una ciudad dependiente del comercio l El número de parados ha llegado a 33.000 l Tras Pacheco y el PSOE, un triste Jerez busca futuro con el PP

TODO comenzó, cómo no, con el vino. A sir Francis Drake, pirata al servicio de Isabel I de Inglaterra, no le han puesto un monumento en la ciudad, aunque unos jóvenes emprendedores han podido saldar parte de esa deuda con una marca dedicada al mayor sinvergüenza que tuvo la corte inglesa del XVI y que, sin saberlo siquiera, puso de moda el consumo del vino de Jerez en aquel país después de hacer entrega a su reina de un total de 3.000 litros de sherry obtenidos en el saqueo a la ciudad de Cádiz. Luego llegaron los ingleses con sus grandes fortunas bajo el brazo, levantaron las bodegas, crearon riqueza y extendieron sus usos y costumbres. El negocio prosperó y prosperó y, desde tiempos de Maricastaña, Jerez comenzó a mirarse el ombligo y permaneció tumbado encantado de conocerse. Y todos, con altibajos, eran felices y dichosos. El jerezano es una extraña mezcla de inglés y árabe.

Ahora todo es bien distinto. Las calles de Jerez ya no huelen a vino, ni las grandes fortunas pasean con ostentación por sus calles, ni los centros de decisión de aquella industria se encuentran ahí cerca, ni somos tan dichosos ni felices. De la bonanza al desastre. La evolución de la ciudad ha ido paralela a la de su principal industria, la del vino. Y sin vino... Siempre el vino, pero ¿qué tiene el vino? Que mire usted por dónde fue a principios de los ochenta del pasado siglo cuando aquello volatizó, se esfumó como arena entre los dedos y todos despertamos de aquel largo sueño. Y de la ciudad del vino, Jerez pasó a llamarse la ciudad del paro. Hace una treintena de años, Jerez contaba con poco menos de 180.000 almas y más de 13.000 desempleados. Hoy, en 2012, hay más de 230.000 habitantes y unos 33.000 parados. Y las perspectivas no son preciosas que digamos.

Con un campo herido de muerte y una monoindustria que parecía haberle mirado un tuerto, Jerez tuvo que reinventarse. Los primeros políticos de la democracia que juntaron filas en torno a la figura de un jovencísimo Pedro Pacheco, del Partido Socialista de Andalucía (PSA), el hijo de un trabajador de la fábrica de botellas que pegaba al balón en las paredes de La Albarizuela, concluyeron la necesidad de rehacer la ciudad, aunque fuera simbólicamente: Jerez como imagen de marca, promoción, promoción y promoción. A mediados de los ochenta, la renovación vino por un ambicioso Plan Municipal de Urbanismo que jalonó grandísimas realizaciones para hacer de Jerez una ciudad moderna y se potenciaron las fiestas populares. Jerez apostaba por el progreso y la modernidad. Se implantó la ciudad-estado, modelo que luego asumieron otros muchos municipios y que permitía la asunción de nuevas competencias y, con los años, se hicieron planes de expansión que sólo pudo frenar la caída del ladrillo.

Mientras esto ocurría, las bodegas sorteaban como podían los vaivenes del mercado. El aviso lo dio una de las firmas más señeras y de más rancio abolengo, Pedro Domecq SA. Los espléndidos años setenta animaron a los bodegueros, en una alocada carrera, a adquirir más campo y viñas, comprar otros viñedos en La Rioja y ampliar sus redes comerciales. Para ello, tuvieron que recurrir a la financiación externa que nunca les era negada. Pero la gran crisis energética y el consiguiente encarecimiento del dinero provocaron una contracción del mercado del vino de Jerez tan fuerte como había empezado cinco años antes. Los bodegueros se quedaron de piedra: las deudas ya estaban contraídas, los campos comprados a precios astronómicos (hasta un millón de pesetas por hectárea) y las viñas compradas, aunque sólo comenzarían a dar fruto cuatro años después. Hubo entonces un efecto dominó: algunas bodegas cerraron o cayeron en manos de multinacionales y la incautación de las firmas de Rumasa dejó en la calle a una legión de desempleados.

De manera paralela, la bodega cambia. Su peculiar marco de relaciones laborales, más cercano a un paternalismo dulcificado con gotas de cristianismo del que se predicaba en el catecismo del padre Ripalda que a unas relaciones normales entre empresa y trabajadores, cayó fulminado y sólo fue a través del brandy cuando las bodegas pudieron aliviarse de algunas heridas que siguen cicatrizando aún hoy día.

Más cosas: La explosión de la burbuja, sumada a la debacle del sector primario y el industrial convirtieron al Ayuntamiento en locomotora de la ciudad y primera empresa en número de empleos. Jerez pasó a convertirse en una ciudad de servicios, aunque la paulatina profusión de grandes superficies que afloraron como setas en su cinturón urbano han hecho ahora de ésta una ciudad eminentemente comercial.

Tras veinticuatro años en el poder, el califa verde cedió el bastón de la alcaldía al PSOE de Pilar Sánchez. Poco o nada aportó el mandato socialista, que vio crecer el desempleo y el déficit municipal a cifras preocupantes. Desde un Ayuntamiento ahogado en deudas, es ahora el Partido Popular el encargado de sacudir a la ciudad de ese profundo agujero sin fin, donde las protestas se suceden un día sí y otro también. Hoy, como en muchos otros municipios, sus funcionarios cobran a plazos, falta luz en los barrios y los parados crecen. Lo dicho: de la gloria al desastre.

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