José Ignacio Rufino

Traicionera prestamista de plástico

CON la gabardina recién recuperada del empotrado y el alcanfor, nuestro hombre ya no se mueve con la soltura y confianza que le confería el ser una autoridad en el microcosmos de su barrio. El director de la sucursal de la caja de ahorros (entidades financieras mayoritarias en número de oficinas en la región) de cualquier localidad o vecindario andaluz es una figura esencial de un escenario prototipo de la tierra, quizá más que el supuesto concejal de distrito y la directora del cole, y no digamos que el párroco. Si no definitivamente, parecen quedar atrás por una buena temporada los tiempos en los que él era la correa de transmisión de un incesante dinero para prestar, que a su vez surgía como géiseres debido al flujo continuo de dinero caliente interior y, más aún, exterior, que pululaba ubérrimo por nuestro país.

Unos tipos de interés más bajos que la propia inflación, el efecto riqueza causado por la certeza que los propietarios de casas tenían en la acelerada y en apariencia eterna revalorización de sus inmuebles, el efecto emulación que aguijoneaba la competencia por el todoterreno más grande del garaje de la comunidad, más la sensación generalizada de que nos hallábamos en una dimensión de prosperidad superior de manera definitiva habían hecho de la palabra morosidad (y no digamos de la palabra usura) algo de otros tiempos peores y más estrechos. Algo que no tardamos en meter en un cajón recóndito de la memoria, junto el chaquetón McCloud solapa de borrego o el loden verde, según. No me cuentes penas, cuéntame alegrías, dice la sevillana. Pero tal máxima está complicadita de aplicar, no lo neguemos.

Nuestro hombre tiene que decir a sus clientes, incluidos los que siempre han pagado y más vidilla han dado a los objetivos de su sucursal, que está complicado adelantarles dinero para comprar o hacer la reforma de la casa, o para mandar al niño a estudiar inglés un semestre. Y si, por ser para ti -que no tienes ronchas y te conozco de toda la vida-, te lo presto, no tengo más remedio que decirte que el tipo de interés que te voy a aplicar es abusivo. Como nos dicen y se aprecia, el muy sonoro término inglés credit crunch (contracción del crédito) es una realidad que afecta a todas las criaturas, no importa que sean físicas o jurídicas. Y ahora le toca a las tarjetas de crédito, qué se habían creído. De hecho, ya les está tocando. Es el credit card crunch, que suena a trituradora en marcha.

Hoy sábado me encuentro a una limpiadora de una subcontrata que le trabaja a la Universidad, que me cuenta que, como no le dan crédito alguno a ella o a su hija, va a ayudar a ésta en la obra de reforma de su casa con un "crédito en la visa". El sistema de amortización se asemeja a un herpes: no deja de estar ahí y, en momentos de debilidad, te arrea. Ya saben; un sistema muy similar a ese por el que el cargo que me hacen en el banco por el uso de la tarjeta no es por el total consumido en el mes, sino por "la cantidad que yo quiera". De forma que, mes a mes, yo pago sobre todo intereses, amortizo poco de la deuda contraída orginalmente -o principal-, y aquello no hay quien lo liquide: raramente el que utiliza este sistema consumirá en un mes menos de lo que va a pagar que, además, son sobre todo intereses. Una bola de nieve de manual. En Estados Unidos se está pagando por este sistema hasta un 30% de interés efectivo anual (el llamado TAE). En cualquier caso, allí y aquí, los alegres límites de las tarjetas de crédito y los tipos de interés sensatos de asumir son cosa del pasado perfecto. No nos resistiremos a la tentación retórica: el futuro, por su parte, es imperfecto.

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