SE cumplieron ayer treinta años desde aquel histórico 4 de Diciembre en que Andalucía reafirmó en las calles, para sorpresa de muchos, su identidad política, reivindicando el autogobierno necesario para decidir sobre su futuro. Cientos de miles de hombres y mujeres, de todas las edades y condición, unidos bajo una única bandera -la verde, blanca y verde- y un mismo grito de Autonomía plena, recorrieron las ciudades de las ocho provincias andaluzas y de la "novena" (la de los emigrantes, Barcelona) haciendo visible -la mayoría de ellos sin conocerla- la afirmación de Blas Infante de que "Andalucía es una realidad nacional, una patria viva en nuestras conciencias".

Sin aquel histórico 4-D de 1977 -un día alegre y también de luto, por el asesinato, en la manifestación de Málaga, de Manuel José García Caparrós- no se hubiera producido, al año siguiente, el Pacto Autonómico de Antequera, en que once partidos políticos, a instancias del presidente de la Junta pre-autonómica, el recordado Plácido Fernández Viagas, se comprometieron a poner en marcha el proceso que llevaría, en el referéndum del 28 de Febrero de 1980 -a pesar de todos los incumplimientos, trampas y dificultades-, a hacer de Andalucía, jurídicamente, una de las cuatro nacionalidades de primera división del Estado español, rompiendo el diseño territorial previsto en la Constitución. En aquel periodo, Andalucía -el pueblo andaluz, la sociedad civil, por delante de los partidos- actuó Por Sí y para sí; y de ello se beneficiarían luego otras Comunidades Autónomas.

Ahora, que tanto se habla de rescatar la memoria histórica, convendría activar la historia verdadera de aquellos años, luego reinterpretada desde la casi exclusiva mirada y los intereses de quienes han monopolizado el poder. Sobre todo, sería necesario abrir el debate sobre las responsabilidades y los mecanismos que han llevado a renunciar al protagonismo político que conquistó entonces Andalucía; al menosprecio de nuestros valores y expresiones culturales, salvo aquellos que pueden venderse, desactivados, en el mercado turístico; al vaciamiento del autogobierno, convertido en simple medio de implantación de las políticas neoliberales de la Unión Europea y del gobierno de Madrid -que son básicamente las mismas, tanto si gobierna en este el PSOE como el PP-; y, en definitiva, a la atonía y encefalograma plano de unas instituciones autonómicas convertidas, con pocas excepciones, en simples gestorías de los intereses de los grupos de poder económico -observen, como ejemplo, la reciente e impúdica marcha atrás, que llaman "flexibilización", de las medidas para la ordenación del territorio ante las presiones de inmobiliarias, constructoras y ayuntamientos de diverso color político-.

La degradación del autogobierno que los andaluces exigieron el 4-D, y por el que votaron con entusiasmo el 28-F, empezó ya con el recorte del primer Estatuto y se profundizó aún más -a pesar de toda la publicidad y palabrería desplegadas para convencernos de lo contrario- en el recientemente aprobado con el respaldo de más del 90% de los miembros del Parlamento andaluz (los del PSOE, PP e IU), pero sólo por un aproximado 30% de sus "representados": una aparente contradicción que han borrado con rapidez de sus preocupaciones los profesionales de la política.

Hasta qué punto se ha conseguido narcotizar la conciencia colectiva de los andaluces como pueblo lo reflejan las escasas iniciativas para promover la abstención o el voto en blanco en las próximas elecciones autonómicas, único modo que nos queda para mostrar la protesta ante la coincidencia, una vez más, entre estas y las generales, imposibilitando centrar el debate sobre Andalucía y los problemas andaluces.

Todo lo anterior, sin embargo, no debiera llevarnos a pensar que nada puede hacerse. Si miramos al mundo, este nos muestra cómo, a pesar de la globalización uniformizadora y de los nacionalismos de Estado, se activan cada día más las identidades de los pueblos (y también de las minorías sociales) y avanzamos hacia un modelo de soberanías compartidas entre los niveles estatal, supraestatal y nacionalitario. Andalucía, para no estar ausente de este modelo, debe activar la conciencia de su identidad histórica, cultural y política. Tener la voz que sólo puede darle un verdadero poder propio: tanto político como económico y cultural. Ello pasa, necesariamente, por activar la conciencia crítica sobre nuestras verdaderas realidades y rechazar el papel pasivo y adocenado de simples consumidores de lo que la publicidad narcotizante quiere vendernos. Se trataría de convertirnos, nuevamente, en ciudadanos, en andaluces conscientes -que dirían los clásicos-. Y, para ello, el camino no puede ser la mirada nostálgica sobre aquel 4 de Diciembre, tan cerca y a la vez tan lejos, sino la activación actualizada de los valores que lo hicieron posible.

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