La tribuna

Antonio M. Claret García

Tremendismo político-taurino

PROBABLEMENTE sea necesario comenzar diciendo, para que nadie se llame a engaño, que soy aficionado a los toros desde que tengo memoria y acudo a las corridas incluso desde antes. De niño he jugado con un trapo que hacía de muleta o de capote según conviniese. Siendo adulto he sentido el milagro del "tiempo infinito" en una verónica de Curro Romero y me he estremecido con el valor sereno de José Tomás. La belleza estética de una corrida me parece un arte tan sublime como otros que se tienen por superiores. Es un arte efímero, que se desvanece en el mismo instante en que se crea, pero posee una profunda seducción que hace que años después revivas, como si fuese hoy mismo, los lances más sublimes a los que has asistido.

Con este preámbulo, puede entenderse, claramente, que no estoy por la supresión de la Fiesta, sino por su continuidad. Pues bien, a pesar de ser aficionado de toda la vida, los argumentos éticos sobre el sufrimiento de los animales y la evolución de la sociedad me podrían haber hecho, como a muchas otras personas, reflexionar sobre la continuidad o no de las corridas.

Sin embargo las opiniones que se han vertido en este debate destilan lo que en términos taurinos llaman "tremendismo", un estilo de torear en el que el deseo de triunfar, el valor o la inconsciencia atropellan el uso de la razón y las normas clásicas de la lidia para convertirla en un falso cúmulo de angustias. Estos lidiadores hacen el salto de la rana, se agarran al pitón y terminan embadurnados de la sangre del toro, muchas veces, sin haber ejecutado bien ni un solo pase, pero creando una sensación de peligro, que lleva al respetable a aplaudir, aliviado de la tensión, cuando termina la faena.

Actualmente la vida pública está llena de políticos tremendistas muy dados a crear problemas, que no son tales, para intentar solucionarlos después, se suceden declaraciones altisonantes, amenazas de querellas e insultos al adversario. Todo debate, por nimio que sea, se convierte en un grave problema en el que se juegan las esencias del Estado y de la convivencia. Con esta actitud los partidarios de cada bando jalean la disputa, demonizan al contrario y se afianzan mucho en sus lealtades. A los pocos días todo termina y el respetable público respira, nuevamente aliviado, por haber superado un problema gravísimo. En este tremendismo político falta: ponderación, serenidad y argumentación sólida. Probablemente, una de las consecuencias de esta actitud sea contribuir al descrédito de la política y de los políticos. Como decía el primer ministro italiano Julio Andreotti, "manca finezza".

En este asunto de la prohibición de las corridas de toros hay también mucho tremendismo, por un lado, de los independentistas catalanes que, camuflados en la defensa de los animales, pretenden prohibir un espectáculo que, según ellos, identifica a Cataluña con el resto de España. Un sofisma pues la cultura del toro es tan auténticamente catalana como del resto del país. Y no sería deseable que la, tan cacareada, identidad catalana se vea disminuida por la amputación de este elemento singular.

Por otro lado están quienes dicen defender las corridas en defensa de la libertad. ¡Nada menos! Este argumento tremendista, equipara la decisión administrativa de que se pueda realizar o no un espectáculo en un territorio determinado, con el bien supremo del ser humano, la Libertad. Nos pone al pie del precipicio olvidando que en un Estado de Derecho la libertad está garantizada por el ordenamiento jurídico y que las administraciones tienen la obligación de regular la convivencia buscando el bien común. Otra cosa, sería un nihilismo ingobernable en el que cualquier regulación sería un terrible atentado contra la libertad. A mí, desde luego, no me parece que la Libertad esté amenazada porque haya o no corridas. Eso es darle a los toros más importancia de la que tienen.

Tremendismo identitario y tremendismo libertario se dan la mano y se alimentan mutuamente jaleados por sus fieles. No parece que, ni unos ni otros, hayan avanzado mucho desde finales del siglo XIX cuando, con mucha sorna, Ángel Ganivet escribió en su Idearium español que nuestro ideal jurídico sería "que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana".

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