El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

Tributariamente, el género importa

La política tributaria no pondera a día de hoy las desigualdades existentes entre hombres y mujeres en el trabajo

UNO escucha: "Lo de las feministas con la discriminación laboral es igual que lo de los nacionalistas catalanes diciendo que ellos pagan más impuestos: un camelo verosímil", y puede concluir, alternativamente, dos cosas. Una, que tanto las (y los) feministas como las víctimas catalanas de la balanza fiscal tienen razón en lo suyo. Dos, que es verdad que hay mucha reivindicación espuria, falsa y artera cual Judas de plástico, sean feministas profesionales o catalanistas de fe. Ya puestos, una tercera explicación a tal afirmación es que la animadversión hacia el feminismo pincha en hueso cuando los datos son palmarios, y entonces el feministófobo reacciona cual gato panza arriba. Y niega la mayor: "No me creo las estadísticas", con lo cual podemos dedicarnos a hablar de nada y todo, con el mismo objetivo, hablar por hablar. Si las estadísticas oficiales dicen que, a mismo nivel de formación -e incluso jerárquico, en el sector privado-, las mujeres ganan menos que los hombres; si esas estadísticas con pedigrí nos hacen concluir que ser mujer es un hándicap laboral; si, en fin, las estadísticas avalan la idea de que las mujeres españolas ocupan la función pública en mayor medida que el hombre simple y llanamente porque así pueden realizar las asimétricas tareas familiares… ¿por qué no promovemos una política económica gubernamental que considere el género como un hecho fiscalmente objetivo?

Si ustedes escuchan que los impuestos no son neutrales en cuestión de sexo, esto es, que penalizan más a las mujeres que al hombre, quizá piense que estamos ante otra boutade progresista más. Pero no es así. Los tramos inferiores de renta están más nutridos por mujeres y, claro, los tramos altos son territorio vedado a ellas, soberana cosa de hombres. La política económica intenta compensar las desigualdades, y eso sucede paradójicamente en países donde la desigualdad, en sus diversas manifestaciones, es menor. En países más machistas (España frente a Suecia o Canadá, por simbolizar la expresión), la política tributaria y fiscal ignora esa desigualdad. Toda acción de la autoridad tributaria -el Gobierno- sobre la parte baja de la escala de gravamen afecta más a las mujeres. Alternativamente, cualquier subida o bajada del tipo máximo de IRPF afecta más a hombres que a mujeres (hablamos, por supuesto, en términos medios ponderados, o sea, estadísticos). Simplemente porque hay, proporcionalmente, más mujeres que tiene una renta más baja y más hombres que la tienen más alta.

Cuando, hace tiempo, el ministro Miguel Sebastián afirmó que un tipo único (por ejemplo, un 20%) de impuesto sobre la renta -sea cual sea la renta- era una buena fórmula de recaudación, el ministro socialista (?) no sólo proponía cargarse la progresividad fiscal, sino que sugería acabar de hecho con la capacidad del Estado de redistribuir la riqueza. Igual que las empresas, ganes lo que ganes, pagas un porcentaje fijo. Con lo cual, los que ganan más pagarían menos, y los que ganan menos pagarían más. Para hacer y mantener las mismas carreteras, hospitales, colegios públicos y concertados… Más allá de hombres y mujeres contribuyentes, otra oculta perversión de esta propuesta es convertir a las clases bajas y medias en resistentes tributarios (las rentas altas, por definición, lo son): "No quiero pagar impuestos yo tampoco: aunque mi renta sea realmente modesta". Si todos odiamos a los impuestos -y, pudiendo, los defraudamos-, el país se va al carajo. Porque la política fiscal, recordemos, no es sólo recaudar, sino que también lo es la inversión pública de lo recaudado: el gasto público. Para poder gastar en todos, hay que recaudar. Y cuanto más ganes tú en el ruedo común, más pagas. Seas hombre o mujer. Que, repetimos, no es lo mismo. Tampoco fiscalmente, al menos a día de hoy y aquí.

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