Crónicas levantiscas

Juan Manuel Marqués Perales

Triunvirato

QUERIDO Claudio: las cosas no han cambiado mucho por Hispania, todo sigue tal como te expliqué hace 100 días. Cada vez admiro más a estos hispanos, tan diferentes de nosotros. Si en nuestra querida Roma nos quedásemos sin emperador y sin modo de nombrar a su sucesor, correría la sangre por el Foro, el pillaje se instalaría en los templos y el desorden provocaría otra guerra civil, tan ingrata como aquella que acabó en Actium con el triunvirato de Octavio, Lépido y Marco Antonio. Los tres aspirantes a caudillos son jóvenes ambiciosos; sabes que la ambición, tú que no la practicas, es indispensable para sobrellevar los costes del poder. De los tres aspirantes, Albert es el más brillante, Pablo también lo es, pero sólo es un magnífico actor para una de las comedias de Plauto, es grosero, pierde demasiadas veces el control y mataría por ser cónsul. Los poderosos y aristócratas duermen tranquilos, el partido del pueblo no triunfará mientras lo lidere este émulo de César. Pedro no es brillante, es correcto, pero más allá de su físico no destaca por nada. Sin embargo, le acompaña la virtud de la tenacidad, no lo despreciaría. El triunvirato que propone no saldrá adelante: tanto ego se repele. Lo sabe Mariano, del que apenas se sabe nada, se retiró a su villa y no precisamente a leer a nuestro Horacio. Su sentido común es el de un campesino, lo confía todo al tiempo. Sestea.

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