En tránsito

Eduardo Jordá

Trueno y relámpago

LOS veo por la calle, a primera hora, en un día tristón y ventoso. Ella es una chica feúcha, gordita, paciente. Él es un tipo pequeño, muy flaco, que se retuerce como un hurón y que no parece capaz de fijarse en nada. Él le grita algo a ella, que camina unos pasos por detrás, y luego la amenaza con unas frases que no entiendo, y después levanta la vista al cielo, como buscando la aprobación de un ser invisible y todopoderoso, tal vez su madre, o tal vez Dios Todopoderoso, o tal vez una mezcla de ambos seres. La chica, mientras tanto, no pierde la compostura. Seguro que ya ha vivido muchas situaciones como ésta, y se acerca al tipo -su novio, o quizá su marido, o quizá alguien que acaba de conocer- como se podría acercar a un perro furioso que ladra en un jardín por el que ya ha pasado muchas veces. No hace ningún ademán brusco y habla muy despacio, con suavidad, como si quisiera explicarle bien el sentido de lo que está diciendo al tipo que se retuerce como un hurón.

Me alejo de esta pareja que veo en la calle con una sola pregunta en la cabeza: "¿Cuánto va a tardar este tipo en cargarse a la chica?". Es algo que se ve venir. Cuando se ve un relámpago en el cielo, el trueno no tardará en llegar. Y en este caso, el trueno se llevará por delante a esta chica feúcha, pero paciente y comprensiva, que lleva un paraguas en la mano (ya debe de estar acostumbrada a las tormentas), si es que sigue manteniendo su relación con este tipo que le grita y la amenaza en plena calle. Él vive en un mundo de instintos primarios en el que las palabras no pueden ser nada más que gritos o gruñidos. Él no sabe lo que quiere, ni es probable que llegue a saberlo nunca. Ella, en cambio, sí lo sabe: quiere a este pobre diablo malcriado y gritón e incapaz de freír un huevo. Lo quiere, sí, pero no está dispuesta a sacrificarse más por él, ni a aguantar sus gritos, ni a hablarle siempre en voz baja.

En el fondo, muy en el fondo de nuestro ser, los hombres somos cazadores nómadas del Paleolítico, mientras que las mujeres son campesinas del Neolítico. Nosotros gritamos y perseguimos, ellas esperan. Nosotros corremos, ellas van despacio. Nosotros instalamos un campamento de paso aquí y allá, ellas viven en una casa que han hecho suya y que han aprendido a proteger. Nosotros vemos peligros y amenazas por todas partes, ellas saben que todo está en orden mientras su casa y su familia estén en orden. Nosotros tenemos la cabeza llena de arcos y flechas, ellas piensan en las palabras que sirvan para apaciguar los ánimos. Nosotros miramos al cielo en busca de un testigo que nos dé la razón. Ellas saben que es inútil mirar al cielo porque nadie les va a dar nunca la razón. Y si ven un relámpago, todas saben que el trueno no tardará mucho en llegar.

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