Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Trump pasa de merkel

Donald Trump ninguneó a Merkel en la Casa Blanca… ¿o es que ya anda ensimismado y con ausencias?

Con respecto al hecho de estrechar la mano a otra persona existe todo un mundo de creencias gratuitas: que quien la da blanda es poco de fiar, o quiere marcar las distancias con la persona a quien saluda o acaba de conocer; que si quien la da fuerte es más franco, viril y digno de confianza; que quien no te mira simultáneamente a los ojos, lagarto, lagarto; que quien te la niega pone un muro de Berlín entre ti y él… o ella: cada día se saluda más a las mujeres con la mano, lo cual está muy bien, porque el estilo al plantarse besitos en la mejilla es otra fuente de tontas teorías, por no hablar de lo embarazoso de ver a un caballero vocacional dar el cabezazo y plantar el ósculo -con o sin salivilla y sus virus- en el reverso de la mano de la dama apurada (aunque hay princesas natas, adictas al carpetovetonismo protocolario que, oye, tampoco hacen daño a nadie). Al conocer a uno de esos que alardean de dar la mano cual tenaza inclemente -no hay pocos presuntuosos creyentes de tan fatuo apriorismo- tuve que advertirle de que se puede apretar un poco menos sin caer en la condición de nenaza y, de paso, sin hacer brotar lágrimas de los ojos del saludado. Que se puede ser un tío por derecho sin torturar por sorpresa al prójimo. Que la bonhomía no se mide en kilotones de fuerza metatarsiana.

Negar la mano a alguien está muy feo, salvo que ese alguien sea un canalla acreditado que te quiere dar ojana. Donald Trump se la negó el otro día a Angela Merkel en la Casa Blanca, ante la petición de los fotógrafos y de ella misma. Permaneció impasible, como ensimismado y como si no los hubiera oído, pero dado que el gran bocazas del XXI ha dicho de Merkel cosas como que "ha arruinado a Alemania" con su política de refugiados, o de la propia Alemania que mediante la UE quiere dominar Europa, cabría pensar que se trataba de otro numerito de déspota ineducado. Porque él ha demostrado que sabe saludar con meneo de 20 segundos, arreón prepotente hacia el propio pecho incluido, como hizo con el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, que entró en pánico hilarante, con lo que los excesos en las maneras apuran a los japoneses. Más bien parece que Trump es uno de esos ricachos cuyo hemisferio cerebral derecho se ha ido laminando con el exceso de poder desde pequeño. Y se queda tan ancho, porque es ajeno a la empatía y demás cualidades para relacionarse, respeto incluido. Apostemos doble contra sencillo a que su capacidad de escuchar es limitadísima. Quizá, caprichoso que parece, se aburra pronto de su nuevo trono.

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