Editorial

Turquía y el peligro de involución islamista

EUROPA y el mundo en general contuvo la respiración durante la noche del viernes ante la intentona golpista contra el presidente islamista y democráticamente elegido Recep Tayyip Erdogan, finalmente abortada por la reacción popular. En general, todos los grandes líderes internacionales, desde el presidente de EEUU, Barack Obama, hasta los dignatarios de Francia y Alemania, François Hollande y Angela Merkel, respectivamente, pasando por nuestro Ejecutivo, coincidieron en condenar la asonada militar contra un Gobierno que, guste o no guste, ha sido elegido en las urnas por un pueblo turco que va mucho más allá que las élites ilustradas laicistas y que tiene profundas raíces religiosas. Sin embargo, también era evidente la preocupación en la comunidad internacional por que Erdogan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo aprovechen el intento de golpe para limpiar las instituciones, y no sólo el Ejército, de personas que no son afectas a sus ideas. Durante la jornada de ayer fueron detenidos más de 2.800 de militares y destituidos centenares de jueces (entre ellos, diez miembros de la cúpula judicial turca), demasiada gente para estar implicadas en un golpe de Estado.

La intentona golpista era un auténtico error por dos motivos. El primero, porque atentaba contra un ordenamiento democrático y retrotraía a Turquía a algunos de los episodios más negros de su complicada historia contemporánea. El segundo, porque colocaba al país otomano al borde de una guerra civil a la siria que, además de ser una auténtica tragedia humanitaria, supondría una amenaza de primerísimo orden para Europa y Occidente.

Evidentemente, Turquía tendrá que capturar y juzgar a los responsables del golpe, pero el mundo deberá estar muy pendiente para evitar que, con esta excusa, Erdogan aproveche para diezmar a los opositores al islamismo político.

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