Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Último aviso

EL Partido Socialista arranca esta campaña electoral, la más decisiva en muchos años para la formación, en las peores condiciones posibles. Con el estigma del perdedor marcado en la frente de Pedro Sánchez y un desánimo entre su militancia y sus bases que tiene atemorizados a sus dirigentes. El barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas hecho público el jueves vino a poner en cifras, acreditadas por la solvencia de esta institución, lo que ya habían adelantado otras muchas encuestas en los últimos meses y lo que es una sensación ampliamente compartida por todos los que por obligación o devoción siguen día a día la política española. El PSOE está desfondado o a punto de desfondarse, y no sólo porque sus rivales dentro de la izquierda le estén ganando el pulso, sino por su empecinamiento en no acertar ni en liderazgo, ni en proyecto ni en estrategia desde hace ya demasiado tiempo. De hecho, el principal problema de los socialistas no es la excelente utilización del marketing de toda la vida aplicado a los nuevos canales de comunicación que están haciendo los gurús de Podemos. Son hábiles e intentan vender una izquierda Ikea en la que con las mismas piezas se puede montar desde un armario marxista leninista de lo más ortodoxo hasta una silla socialdemócrata de tercera vía. Ya se sabe lo que pasa con los muebles de la multinacional sueca: quedan resultones pero duran lo que duran porque la calidad no es su fuerte.

Pablo Iglesias no se estaría comiendo todo el espacio de la izquierda si el PSOE no le hubiera dejado tanto sitio libre. El principal problema del PSOE es que ha perdido la envidiable conexión que tenía con su electorado natural, las clases medias progresistas que llevaron al poder a Felipe González y lo mantuvieron, contra viento y marea, durante dieciséis años. Desde el final del felipismo las cosas nunca han vuelto a ser igual y se ha ido de mal en peor -incluyendo en este mal la etapa de Zapatero con sus muchas más sombras que luces- hasta desembocar en la situación actual. Al PSOE le hace falta un líder y Pedro Sánchez, que llegó como llegó a la secretaria general, ha demostrado que no lo es. Le hace falta un proyecto político y no lo tiene porque transmite a la opinión pública mensajes confusos sobre temas tan delicados como la cohesión nacional. Le hace falta una estrategia y carece de ella, como se ha demostrado en la pésima gestión de la situación creada por los resultados del 20 de diciembre.

Cuando los socialistas sean conscientes de dónde están sus debilidades y las asuman estarán en condiciones de afrontar la refundación que necesitan. Para ello necesitan un liderazgo claro que pueda arrastrar a todo el partido y hacer que sus votantes recuperen la ilusión. Tan necesario como eso es volver a conectar con las inquietudes de capas muy amplias de la sociedad que se han visto sacudidas por la crisis y que han puesto en Podemos las expectativas que no ha sabido dar el PSOE. Tal y como está el partido esa refundación sólo puede venir desde Andalucía o estar auspiciada desde aquí. Puede ser Susana Díaz o no la persona encargada de llevarla a cabo; ella jugará sus bazas políticas como lo ha hecho siempre y medirá sus posibilidades. Pero en Andalucía, a pesar de los muchos pesares, es donde hay todavía fortaleza política y poder real. Si esa fortaleza empieza a resquebrajarse, y existe una posibilidad real de que así sea, las cosas se les pueden poner todavía peor a los socialistas. La capacidad del PSOE andaluz de resistir todo lo que se le viene encima es legendaria. Pero hay cosas que no salen gratis, como tener a dos presidentes y a media docena de consejeros camino del banquillo. El riesgo de la irrelevancia está ahí y el CIS ha dado, quizás, el último aviso.

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