La tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

La Universidad y sus cuitas

Apesar de las vicisitudes, la Universidad goza todavía de prestigio social. La mayoría de los padres, incluso a costa de grandes esfuerzos económicos, envía sus hijos a la venerable institución, con preferencia a otros destinos con salida profesional. Y es que el halo que todavía rodea a la Universidad, a sus estudiantes y profesores, no lo poseen otros organismos y oficios similares. Las altas cifras de alumnos matriculados cantan por sí solas.

Este prestigio hace que, a pesar de la caída del número de alumnos y de las crisis de toda índole, los estudios superiores formen parte del haber de muchos de nuestros jóvenes. La selectividad apenas cumple su función esencial (filtrar a los estudiantes no preparados) y, a la larga, los más flojos encuentran medios suficientes para incorporarse antes o después a la Universidad. Y es una ley que se cumple casi siempre: si crece la cantidad, baja la calidad. Así, a una oferta de títulos superior a la demanda, le sigue su inexorable devaluación, la cruz de muchos licenciados.

Sin embargo, no es exagerado decir que la Universidad, aunque experta en superar obstáculos, ha perdido una parte importante de su exclusividad. Los estudios e investigaciones especializados, a la sazón su dominio tradicional, son hoy compartidos por otras instituciones estatales y privadas, que a veces le sobrepasan en excelencia. En compensación, sus competencias se extienden hoy a tareas que, habitualmente, no le eran propias, como la enseñanza de los mayores o los cursos de idiomas.

El estudiante suele llegar con grandes carencias, fruto de una Enseñanza Primaria y Secundaria obcecadamente deficiente y mal coordinada con la superior. Unido a otros factores, hace que su nivel de conocimientos y habilidades baje sensiblemente y que un número nada desdeñable de alumnos termine la carrera con faltas de ortografía y expresión graves, importantes lagunas en el dominio de su materia y sin apenas haber leído un texto impreso, aparte las fotocopias que le entrega el profesor y algún que otro texto de la red.

Sin embargo, dedican un tiempo precioso a los abundantes medios electrónicos a su alcance (internet, telefonía móvil, videojuegos, messenger, etc.). O consumen con avidez las series televisivas de moda. Es tal la sofisticación del entretenimiento que las nuevas tecnologías han puesto a su alcance, que compiten exitosamente con la letra impresa. Hay siempre un pequeño grupo dispuesto a luchar en serio por su vocación, pero está generalizada la falta de curiosidad científica e intelectual, que lleva a considerar la carrera, en no pocas ocasiones, como mero salvoconducto para optar, al término de la misma, a un puesto público, aunque sea de escasa cualificación. Los efectos de esta precaria situación han comenzado ya a verse en la deficiente práctica diaria de profesiones socialmente imprescindibles.

Los cambios permanentes, en breves períodos de tiempo, en las carreras, planes de estudio y pedagogía; la constante y desorientada experimentación en este terreno, tampoco colabora a crear el ambiente de estabilidad que exige el trabajo universitario. En cambio, la burocracia, insaciable, crece sin techo, buscando un mayor control o, sencillamente, justificar el alto número de colocados de toda índole que puebla oficinas y organismos oficiales. El plan de Bolonia está suponiendo nuevos esfuerzos y desgastes, cuando apenas han concluido los anteriores.

Todo esto promueve unos profesores con escasa motivación, seleccionados a través de un sistema escasamente eficaz y estimulante. La jerarquía del mérito, el esfuerzo y la competencia, al igual que en otras instancias públicas, se halla con frecuencia abolida en la Universidad, en favor de otros compromisos o del café para todos, que tanto desmotiva, en perjuicio de la propia sociedad a la que se debieran servir con eficacia. Sólo los nichos académicos e investigadores, hoy tan comunes, suelen compensar de alguna manera sus efectos negativos entre profesores con vocación y quienes buscan el desarrollo de su especialidad.

Algunas carreras, así las de Humanidades en general, están seriamente afectadas. La presión de un alto número de parados sobre un mercado restringido, unido a una reflexión y un pensamiento devaluados por el esfuerzo que comportan y el burdo pragmatismo vigente, les hace perder su poderoso atractivo ante los jóvenes.

Confiemos en que la Universidad encuentre su justo lugar en medio de una sociedad compleja, donde tantas cosas están en cuestión y no son pocos los riesgos de pérdida de autonomía en la búsqueda de la Verdad en los diferentes ámbitos de la Ciencia, único objetivo justificativo de su existencia, por mor de la dependencia económica y política; es decir, de intereses externos y ajenos a su propia razón de ser.

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