La tribuna

Manuel Machuca

Uribe sale del armario

EL ataque ordenado por el presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, contra un campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en suelo ecuatoriano, amenaza con desestabilizar la región que el libertador Simón Bolívar soñó como la Gran Colombia, y que hoy constituyen los estados de Ecuador, Venezuela, y Colombia, de la que se escindió con posterioridad Panamá en 1903.

Este ataque no puede considerarse un hecho aislado, sino que debe entenderse en el marco de un cambio importante en el plano internacional, que se está dando desde que Nicolás Sarkozy ganó las elecciones y trató de devolver la grandeur a Francia en el mundo, con acciones como su intervención diplomática en el Chad, o la intermediación ejercida en la liberación de la ex candidata a la presidencia de Colombia, y también súbdita francesa, Ingrid Betancourt, secuestrada por la guerrilla colombiana hace ya más de seis años.

En estos meses, se ha producido un movimiento muy importante dentro del pueblo colombiano, que se ha rebelado de una vez por todas contra la amenaza terrorista que asola su país desde hace más de cuarenta años. Puede decirse que el apoyo internacional ha espoleado a la población, que ha decidido plantar cara de una vez por todas a quienes impiden el crecimiento de tan maravilloso país.

Sin embargo, Uribe ha interpretado este cambio como un respaldo a su política, que suele hacer la vista gorda con las acciones de los paramilitares, y que también constituye otra metástasis más al cáncer narco- terrorista que sufre su país.

Los detractores del presidente de Colombia lo acusan de connivencia con los paramilitares y, sea esto cierto o no, la verdad es que la acción realizada por el ejército tiene mucho de esa forma de actuar.

La invasión de territorio de un país extranjero, que además tiene un presidente muy alejado políticamente de su derechismo, constituye un hecho gravísimo, difícil de respaldar por la comunidad internacional. Esta actuación no ha sido bien medida y tiene todos los visos de intentar provocar una adhesión populista de los colombianos a su política, similar a la que los dictadores argentinos hicieron en 1982, invadiendo las Malvinas.

Queda por ver cómo se movilizará el pueblo colombiano, porque muchos de los que masivamente se manifestaron por la paz y contra el terrorismo en las últimas semanas, no son precisamente partidarios de Uribe. Por decirlo de alguna forma, lo acaecido tiene mucho más que ver con el espíritu desencadenado en España a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco, que con las adhesiones inquebrantables a cualquier líder político de la actualidad, y el presidente colombiano puede haber errado en eso.

Porque los colombianos no dieron carta blanca a Uribe, cuyas acciones parecen dar la razón a quienes lo relacionan con los paramilitares (por sus hechos los conoceréis), sino que se mostraron a favor de la paz, y se declararon hartos de tanto asesinato, tanta sangre y tanta injusticia generadora de miseria.

Porque el terrorismo, al igual que en España, se ha convertido en un modus vivendi para quienes lo practican. Resulta irónico que el líder de las FARC Raúl Reyes, uno de los veinte fallecidos en la intervención, anduviera en pijama por la selva. No hay nada más mundano, más rutinario y familiar como indumentaria que un pijama, lo cual demuestra bien a las claras que el terrorismo se ha convertido, para estas longevas organizaciones, en un puesto de trabajo más. Por tanto, el ocaso de las ideologías al que asistimos a comienzos del siglo XXI también ha llegado a quienes siempre las utilizaron como excusa.

Es de esperar que países hermanos tengan la templanza de no acudir a la guerra, casus belli en palabras de Hugo Chávez, para solucionar el conflicto. Porque todavía está en el recuerdo la vergonzosa guerra fronteriza entre Perú y Ecuador de 1995.

No obstante, aunque no haya guerra, sí que muchos deberían dar explicaciones. Porque la acción de Uribe es condenable, pero también habría que decir por qué hay terroristas en pijama en terreno ecuatoriano y cuál es el papel de Correa y de Chávez en este conflicto.

El principio de acuerdo alcanzado dentro de la Organización de Estados Americanos (OEA) del pasado miércoles, que reconoce la violación de la soberanía de Ecuador, pero que no condena a Colombia, puede ser un tímido paso adelante a la solución pacífica, y al menos representa un intento nada desdeñable de solucionar el problema desde dentro de la región, y de que las aguas vuelvan a su cauce.

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