Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Usura 2.0

LAS estaciones de ferrocarril de las ciudades grandes son como las últimas charcas con agua del Serengueti en la temporada seca: allí se encuentran individuos de todo pelaje. El paso obligado de quienes van de camino a sus ocupaciones atrae gran cantidad de buscavidas, unos más legales que otros. Hace unos días descubrí en un apeadero una nueva especie de estación, el usurero. Se trata de una variante degenerativa de la chica que te ofrece, pulcramente uniformada, tarjetas de crédito con entidades de nombres en inglés. El usurero de estación, a diferencia de ésta, es ilegal y no da un servicio financiero con utilidad social, sino un mangazo consentido por el desavisado o desesperado prestatario: siguiendo el señuelo del folleto mal impreso que me dio la chica, llegué a una página web en la que te ofrecen 300 euros sin interés a devolver en un mes, sin nóminas ni avales ni seguros asociados. A partir del gancho, el tipo de interés TAE (recuerden, el tipo de interés real) es del 1.270%. Llamé al número 900 anejo para confirmarlo: otra señorita, ya de voz más pérfida que la repartidora de folletos, me confirmó con cierta incomodidad que sí, que te cobran un 1.270% TAE. Ha leído bien: en estos tiempos en los que los tipos oficiales están cerca del 0%, hay empresas que se aprovechan de quienes no pueden ir al mercado regular, y los funden, probablemente endiñándoles una roncha perpetua que se llevan por delante el futuro del paria financiero y quizá el de su familia. ¿Ilegal, dije? La usura, o sea, el interés excesivo, es ilegal en este país mientras que no se derogue -que todo se andará- una ley de 1908 que está parcialmente vigente. En cualquier caso, cobrar mucho a los semejantes por el uso temporal del dinero es algo que repele a las personas y apesta a quienes se lucran con ello, en algunos casos deformándole los rasgos y los gestos: manos que se frotan, mirada esquiva y aviesa, ropas apolilladas. La Biblia, con su habitual crudeza y vocación de policía de unos tiempos remotos, condena la usura en el Levítico o en el Éxodo. Personajes literarios, como el Shylock del Mercader de Venecia o el finalmente redimido Ebenezer Scrooge de Dickens, abundan en la naturaleza perversa de la usura, que en el XXI se dirige a ludópatas y otros adictos, arruinados dentro de un túnel infinito, desgraciados o ignorantes de diversa ralea. (Tuve la ocasión de toparme en una notaría a un usurero de hoy, que era acreedor de quien a mí me vendía y venía a por lo suyo: en ningún momento pude ver sus ojos. Olía demasiado a perfume. Detrás una protuberancia en su cazadora creí identificar una pistola.)

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