DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Va, va, no va, bah

OSCAR Wilde notó que hay algo peor que ser invitado a una fiesta: no serlo. Como solía, Wilde hiló muy fino: todos alguna vez hemos protestado, mientras nos anudábamos la sonrisa y la corbata, de tener que asistir a un evento social. En cambio, si no te invitan, es peor. Y hay un escalón aún más humillante que no se le ocurrió al irlandés porque era un gentleman: no ser invitado y tratar de colarte. Y todavía peor: tratar de colarte y que te paren en la puerta.

No sabemos si ZP conseguirá introducirse al fin en la cumbre de Washington. Los de su Gobierno (animados por los del principal partido de la apoyosición) se contradicen como una pandilla sobreexcitada de preadolescentes, que no se aclara. A veces nos aseguran que ZP coronará la cumbre de Washington. "Va, va", exultan. Otras se quedan gimiendo en este valle de lágrimas. "No va", exhalan.

A estas alturas, yo creo que todo ya es indiferente. Si nuestro hombre no acude, eso que nos ahorramos de los presupuestos generales en gastos de viaje. Si nuestro hombre acude, la humillación va a ser la misma (o más evidente, con fotografías), y el resultado de la cumbre será idéntico, ni más benéfico ni más dañino.

Dicen que, además de por orgullo nacional, nuestro hombre tiene que ir para aportar soluciones progresistas. Quien hace cuatro meses no veía crisis por ningún lado, ahora ve remedios debajo de las piedras, y eso parece raro, aunque podría ser. En cualquier caso, las condiciones en que Zapatero, de lograrlo, aterrizaría en Washington, no iban a ser las ideales para imponer su autoridad a los jefes de Estado de los países más poderosos del planeta. Si ZP dispone de propuestas interesantísimas, no tiene por qué introducirse allí a exponerlas. Puede publicarlas aquí. Existe el poder expansivo de la verdad y de la inteligencia. Si son tan buenas, seguro que se imponen.

Lo del orgullo nacional es humillante, por cierto. El orgullo ha sido siempre lo contrario: si no te invitan, permaneces imperturbable, y piensas: "Bah, cada uno en su casa y Dios en la de todos". Estas ardorosas arengas de ahora al orgullo español suenan a banderín de enganche de nuestra solidaridad con el pobre presidente esquinado y recuerdan a Samuel Johnson, que avisaba: "El patriotismo es el último refugio de los sinvergüenzas". En esa frase, los apresurados comentaristas suelen poner el acento en el "patriotismo", pero la clave está en la palabra "refugio". Cuando el patriotismo no es un refugio sino un riesgo, es el último barco que abandonan los héroes. En cambio, cuando se usa como excusa, pañito de lágrimas y agitador de masas, malo, malo.

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