La ciudad y los días

Carlos Colón

Valentino en Venecia

Dentro de año y medio se cumplirá un siglo de la publicación de "Ornamento y delito" del arquitecto Adolf Loos, texto en mi opinión esencial para interpretar el momento que vivimos. Y una vez interpretado, echarnos a temblar. Porque Loos une el exceso ornamental a la degradación social y al retroceso civilizador; porque cuatro años después de la publicación de su libro pasó lo que pasó; y porque dos décadas después de que pasara lo que pasó entre 1914 y 1918, es decir en 1939, pasó lo que pasó.

Exceso ornamental y delito (o nuevas formas de barbarie) son para él equivalentes, ya se trate de la arquitectura ("ausencia de ornamento es signo de fuerza intelectual"), del adorno corporal ("los tatuados que no están en prisión son delincuentes latentes o aristócratas degenerados"), del mobiliario ("el cuarto mortuorio de Goethe es más señorial que toda la pompa renaissance"), de los objetos cotidianos ("la evolución de la cultura es proporcional a la desaparición del ornamento en los objetos utilitarios"), de la moda ("las sinfonías de Beethoven no habrían sido escritas por un hombre que tuviera que ir metido en seda, terciopelo y puntillas") o hasta de los muros de los retretes ("puede medirse la cultura de un país por el grado en que están ensuciadas las paredes de los retretes"). ¿Les suena, ahora que los arquitectos modernos paren caprichosas estructuras retorcidas, los cuerpos se taladran y cubren de tatuajes, los muros (no sólo de los retretes) se llenan de pintadas que algunos llaman arte o la moda es elevada a la categoría de Arte, como si diseñar una colección de primavera o invierno equivaliera a pintar la Sixtina, componer La Pasión según San Mateo o rodar Ordet?

No es que el diseño de ropa carezca de importancia o mérito, sino que se le otorga una importancia y un mérito exagerados. Todo es cuestión de medida. Chanel o Saint Laurent fueron geniales en la escala que su profesión les permitió serlo; esta escala es muy distinta -por más limitada- a la que corresponde a las artes; y es más limitada por su incapacidad para decir sobre el ser humano y su existencia lo que las artes pueden decir a través de sus complejos y largamente depurados aparatos formales. Ni más ni menos, que diría Valdés Leal en una de sus postrimerías.

Lo pensaba al leer las exageradas reseñas ("el más puro cine de autor quedó desplazado por la presencia de otro artista, el diseñador Valentino") del pase en el Festival de Venecia de un documental exageradamente titulado Valentino, el último emperador. Lo siento por Rómulo Augústulo o por Pu Yi: ya no son los últimos emperadores.

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