Calle RiojaPASA LA VIDA

Vandalismo contra el duendeMiércoles de Inmadurez

EL sábado fue una noche de duende en Sevilla. Por todos sus rincones de la ciudad y de su memoria. En el teatro Lope de Vega actuaba Tomatito, guitarrista depositario del legado de Camarón de la Isla. En el Central, una de las voces nuevas del género, Argentina, cantaora de Huelva, con sones de Egipto. Y en la Alameda de Hércules, con el aforo del patio de butacas a rebosar, un homenaje a Manuel Vallejo alentado por el especialista Manuel Cerrejón. En las voces de una de las actuaciones se podía reconstruir la ruta de los moriscos que es como el arcano de esas voces misteriosas. Al cante, José Soto, de Estepa. A la guitarra, Pepe Talavera El Francés, de La Puebla de Cazalla, la patria de Pepe Menese. En la primera fila, la bailaora Ana María Bueno y el delegado de Casco Antiguo, José Manuel García.

La Alameda está recuperando mediante homenajes puntuales el protagonismo que tuvo en el flamenco, en sus cuatro puntos cardinales. A unos metros de este rectángulo mágico diseñado por el conde de Barajas para hacer menos inundable el centro de la ciudad y menos vulnerable a las riadas, una placa recuerda la casa en la que pasó parte de su infancia Antonio Ruiz Soler (1921-1996), en todo el mundo Antonio el Bailarín. Este recuerdo impreso en cerámica trianera está en la calle Álvaro de Bazán esquina con Santa Clara, a escasos metros de la casa donde nació el poeta Rafael Montesinos.

La calle Álvaro de Bazán es de las de trazado más corto de la ciudad. También de las más frías. Lleva el nombre del almirante que eligió El Viso del Marqués, en el corazón de La Mancha, como sede de los archivos de la Marina. La auténtica Ínsula Barataria en la que gobernó Sancho Panza. Si Antonio el Bailarín nace en 1921, puede que viviera en esta casa cuando en 1929, con ocho años de edad, formando pareja con Rosario sorprendió a quienes los vieron en la Exposición Iberoamericana de 1929. Ya eran conocidos como los Chavalitos de España. Un fenómeno muy anterior a la televisión y a tan sutiles métodos como existen hoy de captar (y dilapidar) nuevos talentos artísticos. Alguien le ha emborronado la cara al genio nacido en la plaza de los Carros; ha borrado con espray negro la leyenda que recordaba los años de residencia en dicha casa; y ha rematado el acto vandálico con unos trazos de pésimo gusto.

En plena Bienal de Flamenco, que arrancó con Miguel Poveda en la Maestranza y terminará con Paco de Lucía, desde Badalona a Algeciras, alguien ha cometido este atentado contra el patrimonio de la memoria de la ciudad. Con la impunidad del anonimato. No ha sido al maestro consagrado; ha sido al niño que fue Antonio el Bailarín, al Chavalito de España y del mundo entero que fue un virtuoso de la castañuela, que estilizó el bolero y fue el primero en ponerle pasos al martinete. Una estatua de Ruiz Soler fue erigida sobre su tumba en el cementerio de San Fernando. En el camposanto vive su memoria. En la casa de su infancia lo han vuelto a matar. La ignorancia y la mala fe hermanadas en falaz cruzada. En la calle más corta que fue posada del genio más largo.

"Antonio el Bailarín y Vallejo son los grandes olvidados de Sevilla", me dice Manuel Cerrejón durante el homenaje al segundo en la Alameda de Hércules. Y cuenta que Vallejo apadrinó a Antonio y a Rosario, su pareja artística, en el teatro Duque. Dos olvidados que simbolizaban dos maneras de entender el país y recibieron una idéntica forma de padecer el olvido.

LA huelga en Sevilla tendrá su inicio en la pura Mercasevilla. Quintaesencia del fracaso colectivo de la España laboral. Reparto de culpas políticas, empresariales, sindicales y sociales. El día 29 es el Miércoles de Inmadurez. Vivimos desde 1977 el periodo de mayor desarrollo. Hemos pasado de los golpistas a los cascos azules, del botijo a la innovación termosolar, de las caras de Bélmez al trasplante de cara, de las mujeres sin derechos al matrimonio gay, de Mariano Haro a Fernando Alonso. Pero en todo lo concerniente al binomio empresa-trabajo seguimos arrastramos una descomunal inmadurez. Buena parte del tiempo y del esfuerzo se dilapidan porque no hay unidad de acción. Justo al contrario, patrones, empleados e intermediarios se afanan en prosperar con la desconfianza, el embrollo y el ventajismo sobre la media naranja productiva. Pero la competencia globalizada ya no permite sacar tajada de las viejas reglas y las manidas actitudes.

En los países de Europa a los que tanto nos acercamos en infraestructuras y bienestar, sus espantosas guerras del siglo XX forjaron un espíritu nacional de arrimar el hombro cuando vienen mal dadas, de tomar decisiones y apoyarlas por muchos sacrificios que deparen. En España es clamorosa la ausencia del todos a una. El de Fuenteovejuna nos define: tiranías e injusticias entre españoles. Así seguimos en el siglo XX: guerra entre nosotros. Y en el XXI, debilitando la suma de la nación en favor de la resta nacionalista.

La economía es el territorio de confrontación en tiempo de paz. Las crisis son el momento de reforzar los pactos y los liderazgos. Analicen la España de los tres últimos años. Inmadurez por doquier. El enemigo a batir es el compañero de mesa. Y nos descolgamos porque ni somos carne alemana ni pescado chino.

La verdadera huelga general es la que mantienen los gobiernos, los partidos y los agentes sociales para no meterse en cintura a sí mismos y construir una economía competitiva y mejor repartida. Todo lo demás es un paripé.

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