La ciudad y los días

Carlos Colón

Variaciones taurinas

Escribía el pasado martes nuestro Luis Nieto, con esa prosa que ha hecho de la crónica taurina el genero rey del periodismo español: "Y cuando nadie del respetable creía que aquellas notas sueltas podían acabar en sinfonía, el alicantino tomó la batuta en la derecha. Muletazo de mano baja y tiene que cortar. Pero he aquí que echa la muleta al hocico del complicado toro, tira de él, lo embarca, alarga el muletazo y liga otros dos con la misma tersura y un trincherazo de cartel; y el público, como un resorte, salta de los asientos, al tiempo que grita un ole". Era la hermosa faena que José María Manzanares -el maestro alicantino que tan bien le ha cogido las hechuras a la Maestranza- bordó con el último toro de la corrida del lunes de Feria. "Sevilla -dijo el torero- es la plaza donde sueño todas las faenas que tengo en mente. Soy feliz en Sevilla. Esta es mi plaza". Y la plaza le correspondió quedándose en pie y aplaudiendo cuando ya sus compañeros de lidia habían abandonado el albero. Lástima que los malos toros del jueves sólo le permitieran mostrar destellos.

Cuánta razón, como suele, tenía Luis Nieto. Y qué bien reflejó, con el símil de las notas sueltas resueltas en sinfonía, no sólo lo que en la plaza se vio, vivió y disfrutó, sino lo que la siempre extraordinaria retransmisión televisiva del Plus mostró a través de ese privilegio exclusivo del cine y la televisión que son los primeros planos. El rostro de José María Manzanares, conforme la faena iba cuajando, expresaba una concentración, una determinación, un ensimismamiento, una tensión y un placer transido por una dolorosa intensidad que sólo puede verse en el rostro de un director de orquesta o de un intérprete cuando dominan una música que también los domina, señores y esclavos a la vez del arte que se les rinde y al que se rinden.

Es a Glenn Gould desplomado sobre el teclado, visible la música que interpreta en su gesto concentrado hasta un punto doloroso de puro extático; canturreando las notas que sus dedos arrancan a las teclas con caricias a la vez tiernas y apasionadas, sabias y exigentes; tan largamente meditadas y estudiadas las partituras, a la vez que tan hondamente vividas, que las conocidas y tantas veces interpretadas músicas hace tantos siglos creadas por Bach parecen improvisadas, recién escritas y nunca oídas. Esa misma concentrada intensidad era la que expresaba el rostro de José María Manzanares mientras convertía las notas sueltas de los pases en la sinfonía de la gran tauromaquia: eso que Bergamín llamó música callada del toreo para los ojos del alma y el oído del corazón.

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