Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Vecinos

REGRESAN aunque nunca se vayan. Unos incluso se van del todo, como el rectificador Leo. Al actor Luis Miguel Seguí nos conformaremos con oírlo en las promos de FDF, la auténtica casa de La que se avecina y sin cuya existencia hace tiempo que el edificio lo habrían clausurado.

El público buscó el episodio de estreno del martes porque había ganas por ver a los vecinos en nuevas situaciones. Los demás capítulos ya nos lo sabemos de memoria. Montepinar es siempre el auxilio de cualquier zapeador sin nada que ver. La comunidad regresó con un funeral y con todas las piezas en su punto de partida. Todos en su sitio. Hasta el iluso de Enrique Pastor, que tras huir ahora está donde tenía que estar hace tiempo: de alcalde devorado por la inercia de la corrupción. La misma realidad promete seguir alimentando sin querer a esta astracanada colectiva. La actualidad nunca fallará a la comedia de los Caballero.

Los fieles a Amador, de vividor a mantenido, andarán desconcertados con que a los Cuquis les vaya bien. Se supone que esto sólo será una fugaz tregua. Los Rancios son los que siempre se acomodan a todos esos excesos de incorrección, donde la serie siempre juega al máximo, dentro de las limitaciones éticas, estéticas y publicitarias para una ficción española.

Cada capítulo sigue siendo una comedia coral de puro teatro (fíjense en los propios actores cuando deben arropar a los que están dialogando), hasta en la duración. Teatrillo donde hasta grandes como Miguel Rellán se convierten en deliciosos secundarios, de esos que harían los honores en una ficción delicatessen anglosajona.

La que se avecina es nuestra versión de lo que en otros países son ficciones transgresoras. Nunca ha aspirado a la sutilidad, ni a la complejidad, ni al simbolismo. Pero sigue siendo tan evidente que puede interpretarse como el subconsciente de esta España de comisiones y tópicos de siesta.

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